La historia del Señor de la Soledad

 La historia del Señor de la Soledad

El Señor de la Soledad, es sin duda alguna, el protector de la Ciudad de Huaraz, sobre su historia y origen se han contado diversas versiones. Pero lo cierto es que está tallado en los corazones de los Huaracinos que, año a año le rinden homenaje por todas las protecciones que brinda a nuestro pueblo.

Es cierto también que; cada vez más gente ha ido olvidando lo trascendente que ha sido a lo largo de nuestra vida. Por eso desde acá hacemos un esfuerzo para difundir su historia y pedimos que derrame su bendición a nuestros pueblos.

Sin más preámbulos, les traemos una de las versiones de la historia que se cuenta sobre el «Papachito», como solían llamarlo nuestros padres y abuelos.

La historia del Señor de la Soledad

Hace incontables años, en la época en que la ciudad de Huaraz apenas emergía como un tímido asentamiento, el Barrio de la Soledad yacía como un erial vasto y silente, cubierto de hierbas salvajes y maleza que desafiaban con dificultad el frío implacable. En el corazón de este árido rincón se alzaba una modesta casa de adobe, resistiendo valerosamente los embates del viento que aullaba con furia desatada. Sorprendentemente, el tejado de paja lograba contener los ataques feroces de las lluvias torrenciales, como si un pacto secreto se mantuviera entre ellos.

Dentro de esa humilde morada vivía una anciana campesina, cuyo rostro era un mapa de arrugas labrado por el tiempo. Sus manos, ásperas contaban la historia de una vida entera dedicada a la labor del campo. Pero a pesar de su aparente dureza, parecían poseer una fragilidad que solo los años pueden conferir.

Día tras día, sin importar el clima, la anciana salía de su hogar. Con la primera luz del alba o con el atardecer, emprendía su camino hacia un lago situado a pocos kilómetros de distancia. Su misión era recolectar el pasto fresco que alimentaba a los animales que criaba con esmero: conejos y cuyes que eran su sustento y razón de ser.

Una tarde, al sonar las campanas de la catedral anunciando el ángelus, la anciana partió hacia el lago, esperando encontrar el alimento que tanto necesitaba. Sin embargo, al acercarse, un aroma embriagador a azucenas la envolvió, creciendo en intensidad a medida que avanzaba. Al llegar, se encontró con las orillas peladas, como si el pasto hubiera sido raptado por alguna fuerza invisible. El pánico se apoderó de ella y, desesperada, comenzó a buscar cualquier atisbo de forraje.

Mientras sus manos exploraban el terreno en busca de algo que llevar a casa, apartó unas matas maltrechas y su corazón se detuvo. En medio de los tallos y las flores, yacía la figura de Cristo crucificado, rodeada por el mismo aroma embriagador que había percibido antes. Aturdida, cayó de rodillas y comenzó a rezar con una devoción intensa, reconociendo en aquello una señal sagrada.

Sin perder tiempo, corrió de regreso al pueblo para compartir la revelación. Los habitantes, incrédulos pero esperanzados, la acompañaron de vuelta al lago. Allí, encontraron la imagen fragante de Cristo, y con una mezcla de asombro y alegría, decidieron llevarla en procesión hasta la antigua iglesia, donde le dedicaron un altar especial.

Iglesia de la Soledad – 1959

Pero el enigma persistía. La siguiente mañana trajo consigo la desaparición del Cristo. La ansiedad creció entre los fieles y su búsqueda resultó infructuosa. Cuando parecía que la fe se tambaleaba, decidieron regresar a la Soledad. Sorprendentemente, allí estaba la imagen nuevamente. Llenos de confusión y júbilo, llevaron al Cristo de vuelta a la iglesia.

El ciclo sobrenatural continuó. Día tras día, la imagen era trasladada en procesión a la iglesia, y cada noche, sin explicación alguna, reaparecía en las orillas del lago. Un ciclo de misterio y devoción envolvía a la comunidad en un abrazo imposible de escapar.

Una mañana, mientras la anciana descubría de nuevo al Cristo Crucificado entre las verdes hojas, decidió preguntar humildemente por qué rehuía el templo. Sorprendentemente, el Cristo le respondió. Le confesó que el esfuerzo de cruzar las tierras cada noche hasta el lago lo agotaba y que encontraba su paz en aquel lugar. Anhelaba un templo en ese paraje.

Con dedicación, la anciana compartió el mensaje divino con los demás. Una pequeña ermita se alzó, y en su interior encontró su hogar la imagen sagrada. La soledad y la melancolía del lugar se reflejaron en su nombre: «El Señor de la Soledad».

A través de los tiempos implacables, la ermita cedió su espacio a una imponente iglesia, alrededor de la cual floreció el barrio. El lago que una vez cobijó al Cristo se secó, y en su lugar se erigió un altar majestuoso para la imagen. El Señor, guardián de las aguas volcánicas, sigue vigilante desde su trono de devoción, enriqueciendo la leyenda de la Soledad con su enigma eterno.

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