La visita de Ramón Castilla al departamento de Ancash

 La visita de Ramón Castilla al departamento de Ancash

El gran cuentista ancashino José Ruiz Huidobro, nos relata la posible visita no oficial que hizo el Gran Mariscal Ramón Castilla al departamento de Ancash y las razones que lo motivaron.

Ramón Castilla

El gran Mariscal D. Ramón Castilla estuvo en Ancash tres veces. La primera como militar en lucha, con las fuerzas realistas, por la Independencia de su patria; la segunda, como Ministro General del gobierno peruano contra la confederación encabezada por el general Santa Cruz, y que fue deshecha en el encuentro de Buín y en memorable batalla de Ancash y la tercera, como simple particular, aparentemente en empresas de minero y en realidad, enamorado con amor senil, de una ancashina, joven garrida y de hermosura singular.

        En las diferentes biografías que se han escrito del Gran Mariscal aparecen relatados sus dos primeros viajes, en ninguna se hace mención del último. La época en que Castilla realizó su tercera y última visita a Ancash está comprendida en los dos años durante los cuales, según sus biógrafos, «se retiró a la vida privada» después del 5 de abril de 1851 en que entregó el mando de la República, constitucionalmente, al general José Rufino Echenique. No es muy fácil determinar con exactitud en qué meses y cuántos estuvo Castilla en este departamento. Pero es indudable que su estada tuvo lugar durante los ocho últimos meses del año 1851 o en el curso del 1852.

          Es si evidente aquel tercer viaje, como también es cierta la causa sentimental que lo determinó a venir, y aún se afirma que el ínclito soldado de la Independencia, vencedor en Ayacucho, en Buín, en Yungay, en Cuevillas, en el Carmen Alto, en Arequipa y, más tarde, en la Palma, fue derrotado en las lides del amor porque no consiguió vencer la resistencia que le opuso la hermosa hija de Ancash por la cual sintió tan vehemente pasión. Pero si también venció en aquella empresa, no sería culpa nuestra la imposibilidad de demostrarlo.

         Carencia absoluta de documentos, falta de datos más concretos, nos sirven desde ahora de disculpa. Hemos tenido que atenernos a simples referencias tomadas aquí y allá, de las que no nos hacemos responsables, y vamos a referir la última aventura de Castilla en Ancash con sólo las informaciones que hemos adquirido de las pocas personas que algo saben sobre el particular.

Ramón Castilla, como Presidente del Perú.
Ramón Castilla

        Se cuenta que don Ramón conoció en Lima a Margarita Mariluz, que, en aquellos tiempos, 1851 a 1852, era una bella e incitante hija de Eva, nacida, según unos, en el distrito de San Luis de la provincia de Huari y según otros, en el distrito de Llumpa, perteneciente a la provincia de Pomabamba. Tan vivamente gustó Margarita Mariluz a Castilla que éste decidió seguirla, pues aquella emprendía viaje de regreso a su tierra. Es fama que Castilla, sin duda por lo irregular que era entonces el servicio de naves entre el Callao y los demás puertos de la República, verificó su viaje por tierra, de Lima a Huaraz, en persecución de la dulce enemiga que huía de sus asechanzas.

         De Huaraz, Castilla siguió viaje hacia Conchucos, por la Quebrada Honda. En esta quebrada se vio obligado a pernoctar en una grande y espaciosa cueva de piedra, que desde entonces se designa con el nombre de Cueva de Castilla, y de allí, transmontando la cordillera por el portachuelo, siguió viaje a San Luis o Llumpa, yendo a establecerse en la quebrada de Llacma, situada precisamente entre ambos distritos.

          En Llacma, Castillo hizo amistad con un indio apellidado, según parece, Jara, y que vivía en ese lugar en una casucha de su propiedad. Se alojó en un cuarto de aquella casucha y comenzó a hacer vida enteramente familiar con los indígenas de los alrededores cuyas simpatías supo captarse. Es fama que indios de Uchusquillo, de Allpabamba y de Ushno iban a visitarlo a Llacma y a llevarle sus humildes obsequios. A todos ellos los recibía con bonhomía, les hablaba con amabilidad y no les escaseaba propinas. Así no es raro que en unos cuantos meses llegase a ser querido y popular.

         Cuentan que viviendo Margarita Mariluz en San Luis algunos días, por tener allí la vivienda de sus padres, y otros, en Llumpa, donde también tenía parientes; D. Ramón, como el alma de Garibay entre el cielo y la tierra, se veía obligado a recorrer de Llacma a San Luis, de allí a Llumpa y de Llumpa a Llacma en pos de la risueña y esquiva beldad que se mostraba inaccesible a sus asedios.

        Entre tanto el enamorado para disimular su presencia en Llacma, aparentaba interesarse muchísimo de labores mineras, o tal vez si las llevaba realmente a cabo con fines utilitarios, que esta suposición no está descartada por completo.

       Se sabe, sí, que verificó labores de minería en la célebre mina de «Potosí» distrito de San Luis, en la cual mineros portugueses de la época de la colonia habían explotado, con éxito, una gran veta llamada «la Media Luna», pero como aquella mina está situada a un cuarto de legua de San Luis, esa misma circunstancia servía a Castilla para realizar frecuentes viajes a esas regiones.

        Los días festivos y los domingos, los empleaba don Ramón en visitar a sus amigos de los alrededores. Cultivó estrechas relaciones de amistad con los señores don Pablo y don Manuel Oliveros, caballeros españoles establecidos en Masqui y que constituían elementos prestigiosos en Pomabamba, especialmente el primero del que se recuerdan interesantes anécdotas reveladoras de su brillante ingenio y rasgos caballerescos; con don Rafael de la Roca, vecino también de Masqui; con don Nicolás Oliveros hacendado de Pumpú y con don Patricio Puelles, uno de los más prominentes vecinos de Llumpa.

         En todos esos lugares y a causa de la amistad del Gran Mariscal con aquellos caballeros, han quedado recuerdos de la vida y visitas de Castilla. Se sabe así de detenidas sesiones rocamborísticas en que se entretenían don Ramón y sus amigos, lo que no impedía también que, de cuando en cuando, se entregarán a juegos más violentos y en los cuales rodaban por el tapete, miles de soles.

        Otras veces Castilla, buen aficionado como era, asistió a la apertura de los botijos, llamados PISCOS, y que contenían el famoso aguardiente de Motocachi, apertura que conforme a las costumbres de esos tiempos constituía acto complicadísimo. En primer lugar, se nombraban padrinos, se invitaba a los amigos y allegados, y, una vez reunidos todos, se designaba a uno de los presentes que, a guisa de sacerdote y revestido de unas cuantas prendas aparatosas, procedía a bendecir el PISCO. Después se abría el botijo y todos a su turno gustaban de la espirituosa bebida.

        Otras, finalmente, invitado a fiestas lugareñas, bailó los agitados «CACHASPARIS» en que según la usanza de la época, el caballero antes de sacar a la señora o señorita, a la que quería hacer objeto de especial distinción, apostaba en lugar conveniente de la sala de baile, a un individuo que con un talego de soles esperaba el momento de la fuga para arrojar monedas a granel a los pies de los bailarines, para que estos pisasen esas monedas que se iban recogiendo los más vivos. ¡Eran aquellos los tiempos en que el dinero se arrojaba a las plantas de los hombres! ¡Hoy los hombres se arrojan a las plantas del dinero!

          No se conoce detalle alguno acerca de los devaneos amorosos de Castilla con Margarita Mariluz. Se dice que don Ramón la asechaba incansablemente y que ella, el primer día como el último, permaneció inaccesible a las pretensiones del enamorado mariscal, sin embargo, de que éste extremó su persecución por medio de dádivas, obsequios y todos los medios de que le fue dado disponer.

          La hermosa hija de San Luis, sea porque Castilla fuese ya de demasiada edad para ella, frisaba ya en los cincuenta años, sea por otras causas, jamás tuvo con don Ramón otra cosa que simples relaciones de amistad.

          Entre tanto el tiempo seguía velozmente su curso y curso y el hado del Gran Mariscal, que a más altos y nobles fines lo había destinado, lo llamó a fines de 1853 a encabezar aquella revolución que comenzando en Arequipa y que, en sucesión triunfal por el Cuzco, Ayacucho, Huancavelica, Izcuchaca y Chorrillos, fue a ganar la batalla de la Palma, y se nimbó de prestigio decretando la abolición de la esclavitud de los negros y el tributo de los indios.

¿Y quién podría negar la suposición de que los días vividos en Llacma, en cordial familiaridad con los indígenas que atraídos por su benevolencia lo colmaban de presentes modestos, pero que constituían expresivas pruebas de afecto, hubieran tenido la virtud de influir en el espíritu de Castilla para librar al indio, músculo y esencia de la nacionalidad, de aquella abrumadora carga que con el nombre de tributo, sufrió durante cincuenta años de República, después de las ominosas gabelas de los mitayos y repartimientos?

         Un buen día, don Ramón, bruscamente, abandonó Llacma. Dijo adiós a «esos sitios», a los amigos que lo rodearán y despidiéndose también de la dulce ilusión postrera que lo llevara hasta esas serranías, partió para la capital.

         Hércules abandonaba el regazo de Onfala y requería sus armas para la lucha que iba a darle nuevamente la presidencia de la República y, antes que ella, los claros timbres de Libertador de los negros y protector de la raza indígena.

        Para el viajero que se dirige por la Quebrada Honda y después de admirar la soberbia hermosura del ramal de la Cordillera Blanca que forma como el fondo de la Quebrada, trasmontado el portachuelo y después de pasar por Chacas y Cunya, un accidentado camino lo lleva a Conchucos Bajo. Llega al fin a la quebrada de Llacma y ante sus ojos se presenta este espectáculo:

         Una casa en ruinas. Muros agrietados que el tiempo va derruyendo. Soledad. Un riachuelo que arrastra su corriente fertilizante por los campos cubiertos de matorrales. Aquí y allá, una que otra florecilla pone la nota de su hermosura silvestre en la tristeza del paisaje, y algún pastor que conduce sus ovejas hacia las lomas, mientras la gran claridad solar baña los campos.

         El caballo trota en el estrecho camino, cortado a pico en el cerro, y los alambres del telégrafo ponen un trazo de progreso en el agreste escenario.

        Una onda de melancolía se apodera del espíritu. Maquinalmente se detiene el caballo y los ojos contemplan siquiera brevemente esos lugares en que el Gran Mariscal, uno de nuestros grandes caudillos, astuto diplomático, experto gobernante, guerrero valeroso, reformador de nuestra carta política, y hombre representativo de toda una época, pasó unos días de su vida sintiendo acariciada su frente por una ilusión, surgida en la tarde de su existencia y que jamás fue realidad.

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