Desiderio, el hombre que se cansó de burlar a la muerte (decimonovena entrega)

 Desiderio, el hombre que se cansó de burlar a la muerte (decimonovena entrega)

Continuamos con la decimonovena entrega del cuento del cuento “Desiderio, el hombre que se cansó de burlar a la muerte”, gracias a la cortesía de su autor David Palacios Valverde

Lee las anteriores entregas aquí.

DECIMONOVENA

Los meses en que fue clandestino parecían un vaivén de viajes y refugios. Desiderio no podía creer que fuera tan importante para la dictadura, pero en realidad era el cabo suelto en la matanza ocurrida en el Rímac. Era el único sobreviviente y testigo de primera línea de todo lo ocurrido.

Desde la primera vez que los compañeros del partido lo habían embarcado en un camión cargado de sal y atún que partía desde la Av. Argentina en el Callao rumbo a Huancayo, hasta año y medio después que llegó a Arequipa para unirse a la lucha final contra Odría, había recorrido la costa, la sierra y hasta la selva del país.

A mediados de la década del cincuenta, Desiderio llegó a Arequipa a participar en la revolución del año 55, con un Odría ya desgastado y odiado y con sus sistemas de vigilancia y esbirros en franca decadencia.

Al año siguiente debían realizarse elecciones generales; sin embargo, el recuerdo del fraude del 50 y el carácter dictatorial del régimen, generaban muchas dudas sobre la legitimidad del proceso; había muestras de que se buscaba el continuismo y eran conocidos los abusos y la corrupción del ministro de Gobierno, Alejandro Esparza Zañartu y varios más, en un régimen que, prefería hacerse de la vista gorda ante sus tropelías, para asegurar una falsa lealtad de sus adeptos.

Esparza, el oscuro personaje era el encargado del trabajo sucio, ya que, desde el Ministerio de Gobierno, había organizado una turbia red de espías y soplones cuyo principal objetivo no solo era perseguir apristas y comunistas, sino también sofocar cualquier forma de protesta contraria a Odría, ya sea obrera o estudiantil.

Además, los partidos democráticos estaban proscritos y las persecuciones de dirigentes y activistas eran el pan de cada día; es decir, había un escenario favorable para consolidar un nuevo fraude.

Por ello, tanto en Lima como en las principales ciudades, desde mediados del año 55 ya se escuchaban voces de protesta y llamado a la reflexión para evitar un nuevo fraude del dictador, con elecciones calculadas y manejadas.

En ese contexto, además de la lucha que se hacía desde el Apra o del comunismo, surgiría un grupo de ciudadanos que organizó la “Coalición Nacional”, nombre que evocaba a la alianza entre civilistas y demócratas del año 1895. Sus fundadores fueron Manuel Mujica Gallo, Pedro Roselló, Alejandro Villalobos y otros.

Después de su lanzamiento en Lima, se había convocado para el 21 de diciembre un acto en el Teatro Municipal de Arequipa. Pero, en la mañana de ese día, llegaron de Lima varios centenares de matones enviados por el gobierno, quienes, sumados a otros elementos locales, y la turba leal al régimen, formaron un grupo de choque frente al Teatro Municipal.

Estimulados por el alcohol y armados de cuchillos y palos, estos esbirros formaron cordones humanos y bloquearon la puerta del Teatro para impedir el ingreso. Destrozaron cartelones, cortaron la instalación eléctrica y destruyeron los micrófonos. Las autoridades y la policía simularon ignorarlo todo.

Desiderio se sumó a la masa de las fuerzas democráticas que se dirigieron a tomar el Teatro. Reunidos todos, hablaron Mario Polar, Carlos Enrique Ferreyros y Javier de Belaúnde, reclamando libertad de reunión y pronunciándose abierta y decididamente contra Odría.

Fue entonces que sucedió una violenta lucha cuerpo a cuerpo entre el pueblo cansado de la dictadura y las huestes Odriístas dirigidas remotamente por Esparza.

Al segundo intento, el Teatro fue tomado por la masa que entró cantando el Himno Nacional, para luego encender la voz en cuello con el grito de ¡libertad!, “libertad!… pero de pronto, ingresó la tropa de asalto militar arrojando bombas lacrimógenas…

Entonces se produjo una gran confusión, y nuevos enfrentamientos cuerpo a cuerpo. Desiderio golpeaba con sus puños a aliados y enemigos en ese momento de aturdimiento en que el gas y la picazón extrema en ojos y garganta no permitía reconocer a nadie.

También había recibido varios golpes en las costillas que le dejaron un dolor intenso que habría de manifestarse en su total plenitud dos días después, en que casi cae desmayado de dolor.

Logrando encontrar un espacio, aspiró profundo casi a la altura del suelo y luego se dejó llevar por la multitud enardecida que se dirigía a concentrarse en la Plaza de Armas.  La policía embistió con gases y disparos y la gente firme respondió con palos y piedras rechazando el abuso del régimen.

Al día siguiente, la plaza de Arequipa congregó una enorme concentración popular. Universitarios, chóferes, empleados y obreros organizaron guardia y en general la rebeldía ocurrida en Arequipa se extendió a todo el Perú.

Se multiplicaron pronunciamientos de agrupaciones políticas, instituciones sociales y personalidades, y se dieron varios conatos de protestas y enfrentamientos violentos.

Finalmente, en la nochebuena de ese año, la ciudadanía recibió alborozada la noticia de la renuncia de Esparza. Su caída abrió paso al retorno de la democracia con las elecciones libres de 1956, y se inició una nueva etapa en la vida del país, con libertad para todos y espacio para nuevos partidos como Acción Popular, la Democracia Cristiana y el Social Progresismo.

Por fin, el Dictador y asesino dejaba el poder y aunque intentó retomarlo candidateando por la Unión Nacional Odriístas en el 62 y 63 se tuvo que conformar con un retiro sin mayores sobresaltos, ya que consiguió que el siguiente gobierno, el de Manuel Prado, decidiera no investigar a su dictadura en aras de la ‘convivencia’ y la ‘paz’ políticas.

Desiderio había dejado de ser un perseguido y la paz volvió a sus noches y pudo alimentar nuevamente sus proyectos truncos; además, casi sin proponérselo había participado de un importante momento de la historia nacional, y lo mejor de todo, lejos de ella, sin ver a “la pendeja”.

                        Despertó sobresaltado, pues había estado soñando con la mamá Emilia, y su susto fue mayor cuando de pie, al lado de la cama encontró a la nieta que le había dicho que la tatarabuela le hablaba mientras ella dormía. Se llamaba Adriana, y habría de acompañarlo hasta el final de sus días.—

—¿Soñaste con ella no? – le dijo sin esperar que el abuelo le diga nada.

—Si, niña- respondió confundido Desiderio, sin encontrar respuesta lógica al hecho que su nieta supiera que era lo que estaba soñando.

—Ella te está cuidando, ha venido a decirte que lo que pasó con mi tío Amador no ha sido culpa tuya. Tú sueñas bastante con ella, porque ella es eterna en tu corazón, abuelito…por eso viene algunas noches a abrazarte, porque te ha querido mucho- Luego se fue saltando a reunirse con los demás niños, con quienes jugaba en el patio.

El hombre se quedó en silencio, con los ojos cerrados recordando una y otra vez, sin poder evitarlo el trágico hecho de hacía algunas horas, ese momento en que a vio a unos metros a “el chilca” apuntándole con una escopeta, gritándole palabras soeces porque Desiderio había organizado a los pobladores en guardias para cuidarse de los delincuentes y porque antes, ante las amenazas del delincuente, le había derrotado a trompadas.

                        Antes siquiera de haber escuchado el estruendo del disparo, había visto como se interponía su querido hijo Amador, recibiendo hasta dos balazos en el pecho apenas cubierto por una camisa blanca, después, cayó en brazos de su padre, mientras el delincuente huía raudo, colina abajo.

La sangre en la camisa blanca generaba una escena de color y dolor inexplicable. Incluso la muerte que estaba de pie al lado de Desiderio fue salpicada por algunas gotas del líquido rojo y se había quedado estupefacta.

—Me jodieron, viejo…- alcanzó a decirle antes de sonreír abiertamente, mostrando los dientes desviados, y que la sangre comenzara a salir a borbotones por su boca y por los agujeros en el pecho causado por las balas.

Su agonía duró unos pocos segundos, pero para su padre había sido una eternidad; a su muerte, Amador Alegre se había quedado con los ojos abiertos, y esa mirada era la que no le había dejado tranquilo a Desiderio, hasta oír el mensaje de su madre y abuela transmitido por la nieta, y que le había dado cierta calma a su espíritu.

Cercana a la media noche, Desiderio había decidido dar caza al asesino, que, a esa misma hora libaba licor y chacchaba coca con sus compinches, orgulloso “por haber derrotado a los Alegre”, y sintiéndose poderoso e intocable, fanfarroneando que se iba a encargar uno por uno de toda esa familia.

Desiderio caminó hacia el barrio arriba, con rumbo directo a cantinita en la que solían reunirse los Cáceres desde los años de del viejo Zenón. No iba armado, y había salido sin que nadie en su casa se percatara, ya que a esa hora aun se encontraban en los detalles finales de los ritos mortuorios.

Estaba muy oscuro, hacía mucho frío y una garúa fina y copiosa caía incontenible. La respiración y el aliento se convertían en un pronunciado vaho que generaba la ilusión de que se estuviera fumando.

A penas una cuadra más adelante se encontró con dos personas conocidas, eran los hermanos Ardiles, dos maduros ganaderos quienes le confesaron que se habían hartado ya de todos los abusos y delitos del indeseable chilca, y que esperaban a dos personas más que llegarían pronto, para ir a hacer justicia con sus propias manos.

—Ya somos cinco entonces, fue la respuesta de Desiderio-

—Creo que más, Dishi- dijo Amancio Ardiles, que vestía un poncho oscuro y botas de jebe. – Miren- continuó señalando con el dedo a un grupo de una media docena de personas que se acercaban hacia ellos, armados con palos, sogas y chicotes, y alumbrados por linternas.

A medida que avanzaban hacia la cantina en busca del asesino delincuente, algunas personas más se fueron sumando, hombres, y mujeres formaban parte de esta caterva que se había engrosado en la ruta.

Cuando se iban acercando, el ruido generado llamó la atención de “el chilca” y sus secuaces, que, botella en mano salieron a ver de qué se trataba.

Cuando se percataron de la situación, envalentonados por el alcohol gritaron insultado a la toda la gente, tildándolos de “borregos” que siempre seguían a Desiderio, como jalados por la nariz.

—¡Que mierda le hacen caso a este!, por su culpa llegó la peste aquí. El trajo la enfermedad en esa vaca que vino de la costa, y después, él y su padre se llevaron los ganados de los demás para venderlos en la costa a un precio alto. Se han hecho ricos a costa de la pobreza de ustedes, ¡So cojudos! –

Otro de ellos continuó:

—Por eso ahora está con el cuento de que busca oro en los cerros, para después justificar que de un rato a otro va a mostrar sus verdaderas riquezas …-

Desiderio no aguantó más, y, decidido dio unos pasos adelante y se enfrentó a puño limpio con el que hablaba, quien era por lo menos veinte años menor que él. Sin embargo, en menos de un minuto el hombre sangraba por nariz y boca y escapaba derrotado.

Desiderio ahora se dirigía hacia “el chilca”, pero este cobardemente, entró a la cantina y salió con arma en mano dando disparos a quemarropa mientras corría junto a sus adeptos. Un anciano de cabellera cana recibió un balazo en el brazo izquierdo y ello originó que un grupo se enfurezca aun más, pero al mismo tiempo, desanimó a otros que prefirieron no seguir.

La tenue garúa se iba haciendo cada vez más copiosa y las menudas gotas eran cada vez más gruesas, hasta convertirse en una lluvia torrencial, que, a los minutos fue acompañada de truenos y centellas. Parecía que la propia naturaleza se había embravecido ante tanta impunidad del maleante.

“Otra vez los toros peleando, algo me quieren decir” pensó Desiderio mientras se ponía de nuevo el poncho que se había quitado para la pelea.

            Los prófugos se dispersaron haciendo que la persecución se centre netamente en “el chilca”, que, se había dirigido hacia la chacra semiabandonada de la familia Silva, quienes iban y venían de cuando en cuando, y que había sido varias veces el escondite del maleante y donde conocía de memoria los lugares adecuados para ocultarse o atacar a traición a sus perseguidores.

            El grupo persecutor se fue acercando a la propiedad, luego se dispersaron como para cerrar cualquier tipo de salida del malhechor.

Adrián Alegre se había sumado, ya que se encontraba en camino hacia el velorio de su nieto, cuando había sido sorprendido por las luces de las linternas y el gentío que se dirigía detrás del malvado delincuente.

            ¡Pum! Se oyó el seco sonido de disparo emitido por “el chilca” desde la oscuridad que le prodigaba la madrugada, y un hombre cayó fulminado por el balazo que le dio directamente en la sien derecha. Era Amancio Ardiles, uno de los primeros con los que Desiderio se había encontrado al inicio de la persecución.

            —Mejor hay que esperar que amanezca- se escuchó la voz de una mujer escondida detrás de un árbol – así tiene mucha ventaja, nos va a matar a todos-

            — Hasta que amanezca se nos escapa – dijo Adrián Alegre, recostado sobre una enorme piedra.

            — Ya debe tener solo una o dos balas – respondió otra voz a la distancia.

— Justo con esta bala voy a matar a Desiderio, ¡hoy me lo cargo, carajo! – se oyó la voz de “el chilca”, delatando su posición, pero la lluvia y la oscuridad hacían difícil aprovechar esa ventaja.

Luego el silencio se hizo dueño de la noche, interrumpido por algunos ladridos a la distancia y de rato en rato por algún estridente trueno. La verdad era que ninguno se decidía a salir de su posición por temor a caer victima de un balazo en el centro de los ojos.

—No podemos demorarnos más, los Cáceres seguro ya se están organizando y van a venir con armas. De una vez hay que seguir- volvió a hablar Adrián Alegre, quien en ese momento pese a superar ya los setenta años, se levantó y corrió con dirección al lugar de donde había salido el tiro mortal minutos antes.

¡ Pum! Volvió a sonar otro balazo.

Desiderio desesperado pensando que su padre podría caer víctima del disparo también salió raudo de su escondite., pero no se volvió a oír disparo alguno, y más bien una linterna alumbró a un decidido Adrián Alegre adentrándose a una especie de corral cubierto, del cual ya había escapado “el chilca”.

    Lo cierto era que este había fallado el disparo, que  tenía una bala menos, pero nadie podía estar totalmente seguro de que esa había sido la última munición.

Así que, cuando Adrián Alegre tomó por asalto el gallinero, encontró que el sitio estaba vacío. “El chilca” había escapado aprovechando la oscuridad y la indecisión de su perseguidores; y se dirigía al caserío de La Victoria.

Desiderio trazó mentalmente el camino de la fuga y organizó la persecución de tal modo que no le dejarían llegar hasta el camino real.

Minutos después un grito alertó que lo habían visto a la distancia y las fuerzas principales se congregaron en esa dirección, mientras que otros se dirigían al camino alterno por el cual podría intentar burlarlos, justo pasando el riachuelo de Mesapampa.

Al verse rodeado y superado en fuerza y número, no le quedó más que elegir entre entregarse o lanzarse al vacío. En medio una oscuridad casi absoluta y con la lluvia que no cesaba un segundo, no podía tenerse idea si se trataba de un abismo de tres o de treinta metros.

Todos se detuvieron a la espera que el maleante se entregara, y hasta se entabló algún dialogo de voces desconocidas que lo instaban a rendirse, pero éste, terco y envalentonado por el alcohol y la adrenalina fluyente, los había retado a que lo tomen prisionero; así que, cuando tres vacilantes hombres se acercaron a él, pudieron ver con estupefacción como era que se lanzaba al barranco.

Entonces la atención se concentró en al abismo, del que al cabo de horas de maniobras lograron extraerlo lesionado en el tobillo izquierdo a causa de la caída, pero aun desafiante, vociferando y amenazando de muerte a sus captores.

Lo llevaron al pueblo, donde una muchedumbre esperaba su llegada. A la salida de los hermanos Ardiles, Desiderio y los demás, los pobladores de Pampas se habían ido pasando la voz de uno en uno sobre lo que acontecía a esa hora, y, habían decidido esperar el retorno del grupo, con la esperanza que llevaran consigo al indeseable.

Así que, cuando ya se iba acercando el alba, el frontis de la iglesia matriz estaba abarrotado por hombres, mujeres, niños y ancianos, y hasta una especie de feria comenzaba a montarse con bebidas y comidas para soportar el frio y la madrugada. La lluvia cesaba poco a poco.

Una hora más tomó a todo el grupo llegar hasta el pueblo, ya que la lesión de “el chilca” hacía que el retorno sea lento, amén de la docena de veces que había intentado escapar. Por fin, cuando la avanzada anunció que se encontraban cerca, todo el murmullo del gentío se convirtió en un silencio atormentante.

Atado por las muñecas, con un trapo en la boca, completamente embarrado y con manchas de sangre en la cabeza y en el pecho, y el pie izquierdo arrastras, llegó jalado por dos jóvenes que lo dejaron en medio de la muchedumbre.

            Juvenal Ardiles tomó la palabra, señalando que ese hombre no podía seguir en Pampas, para luego expresar el dolor causado horas antes cuando en la persecución su hermano había caído a causa de un disparo “el chilca” y que también había herido en el brazo a Rolando Henostroza, y que horas antes ese mismo día había matado a Amador Alegre.

            Luego, invitó a tomar la palabra a todos aquellos que habían sido víctimas del delincuente a quien le habían quitado el trapo para que pudiera defenderse, pero este había preferido seguir vociferando y amenazando a todo el que se le enfrentara.

            Uno a uno fue enrostrándole las muchas fechorías que había cometido a lo largo de los años, y que por temor a sus amenazas nunca habían sido expuestas sin temor a las represalias. Cerca de cuarenta y cinco minutos después, se tenía una larga lista de acciones de abigeato, hurto, violaciones y asaltos, que aunados a los asesinatos recientes hicieron que el pueblo entero enardecido optara por la peor de las decisiones.

            Desiderio en silencio observaba como todo ocurría. Ya a esa hora el velorio de su hijo había sido interrumpido por todo el movimiento, y sus familiares también estaban desperdigados entre la multitud.

Las hermanas Cordero se le acercaron llevándole un poncho para que se cambie, y algo caliente para beber. Él se negó a recibirlos y por el contrario les pidió que guarden silencio y no interrumpan su atención del juicio popular en marcha.

            Pasadas las siete de la mañana, ya la suerte estaba echada y se concretó cuando había terminado de escampar.

            Dos sogas de jalar toros se colocaron alrededor del cuello de “el chilca”, estaban orientadas en sentidos opuestos y sostenidas por cuando menos una docena de hombres y mujeres en cada lado. De pronto se escuchó una voz potente, gritando:

            -¡Uno!, ¡dos!, y ¡treeees!-

Fin de la decimonovena entrega
Escrito por David Palacios Valverde

Próxima entrega: por confirmar

    También te puede interesar leer