Desiderio, el hombre que se cansó de burlar a la muerte (cuarta entrega)

Desiderio, el hombre que se cansó de burlar a la muerte (cuarta entrega)

Continuamos con la cuarta entrega del cuento del cuento “Desiderio, el hombre que se cansó de burlar a la muerte”, gracias a la cortesía de su autor David Palacios Valverde

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Cuarta entrega

Era el año 1941 y gran parte del mundo afrontaba la Segunda Guerra Mundial. El Perú y todos los países de Sudamérica habían declarado su neutralidad, y se veían beneficiados con las consecuencias y necesidades de la guerra, pues las exportaciones de materia prima como guano, minerales y plantas como la quina para enfrentar el paludismo de las fuerzas en campaña en el frente asiático, habían crecido exponencialmente.

            Sin embargo, en el país se vivía otro conflicto bélico, ya que desde el 5 de julio las fuerzas militares del Perú y Ecuador estaban enfrentadas, y eso significaba la necesidad de soldados para sostener el siempre necesitado ejército. Desiderio se había enterado con pena que sus primos Columbo y Pompeyo habían sido “levados” para ir a esa guerra.

            En la cárcel de Huaraz, sin embargo, se conocía más de la guerra en Europa y Asía que lo que ocurría en la frontera norte del país, ya que en la gendarmería había una radio a transistores que captaba la señal de una radio española que frecuentemente daba información sobre la conflagración mundial.

            En los pocos meses que Desiderio permaneció en prisión, además de coger gusto por la lectura de algunos libros de historia del Perú, había encontrado, al igual que varios internos, un momento de distracción y la posibilidad de dejar volar la imaginación, en las tardes en las cuales se escuchaba con meridiana nitidez la voz varonil de un adulto español dando lectura a los reportes de las acciones de guerra en el frente europeo y en el Pacífico.

            “Gracias por escuchar Radio Ibérica, a continuación, las principales noticias del desarrollo de la guerra en nuestro continente…” y comenzaba una narración detallada de las acciones bélicas entre el eje y los aliados.

            Era como ver un programa de televisión en vivo, ya que diversas emociones se reflejaban en el rostro de los presos. Luego de ello iniciaba un intenso debate, principalmente de los presos políticos, varios de ellos de la ideología de un partido que comenzaba a fortalecerse y tener más militantes, el Partido Aprista Peruano. Incluso se decía que dos de ellos habían estado en la insurrección de Trujillo del año 32.

            Se hablaba de un tal Haya de la Torre, “el Jefe” le decían, también mencionaban a un tal Mariátegui, y el motivo de las discusiones entre presos comunistas y apristas eran unas cartas que años antes habían intercambiado dichos ilustres personajes.

            Desiderio cada vez se iba interesando más, y preguntaba ávidamente con los mayores deseos de ampliar sus conocimientos. Llegó a sentirse triste y frustrado al darse cuenta de todo lo que ocurría en el país y en el mundo, y que, de no ser por la decisión de asumir la responsabilidad de su padre, él estaría ahora mismo en Pampas cultivando su chacra y criando a sus animales.

            Desde la amarga experiencia sufrida en el primer viaje a Casma en el que casi se ahogó, y en la que él, su padre y su primo casi habían sido víctimas de un cruento asesinato, no había salido de Pampas sino para situaciones muy excepcionales y que podrían contarse con los dedos de las manos.

            Así que, a pesar de estar encerrado sentía que era la primera vez que estaba volando y conociendo la vida y el mundo. Los libros y la voz que llegaba atravesando el Atlántico, la Amazonía, y la sierra peruanas se habían convertido en su ventana hacia el conocimiento y las ganas de ser un hombre libre, informado y analítico.

            “Era verdad que la libertad es un estado mental y del alma” se decía recordando las palabras de la mamá Emicha cuando fue a despedirse tratando de mentirle diciendo que emprendería un largo viaje, cuando la anciana ya se había dado cuenta de todo lo que ocurría… “y que los barrotes no pueden detener tu imaginación ni tus sueños” se repetía en voz baja, cada noche antes de dormir, y luego de un silencio decía “vieja sabia, carajo”.

            —Abuelito, ¿es verdad que te salvaste de un aluvión cuando eras joven? – preguntó uno de sus nietos, un adolescente moreno, algo diferente a los demás, y que había escuchado alguna vez la referencia de esa fantástica historia, pero que mejor oírla de primera fuente.

            —Siii- respondió el viejecito – he salido montado en mi eucalipto- dijo sonriendo mientras miraba a todos.

            —Cuéntanos, papito. ¿Cómo fue eso? – le pidió otra nieta de alrededor de treinta años que llevaba anteojos con monturas de carey de color azul.

            Entonces Desiderio regresó a los recuerdos de aquel final de año de hacía ocho décadas, con remembranzas tan vívidas, que pareciera hubieran pasado ocho días de todo ello.

            Aquellos días en el penal, se estaba celebrando un aniversario patrio. Era noviembre y ya varios de los internos y guardias conocían la historia, ya que uno de los presos políticos apellidado Meneses pertenecía a la Sociedad Patriótica de Huaraz y no se cansaba de contar a todos los que podía, que había sido en esta ciudad que se había declarado la independencia nacional en el mes de noviembre de 1820.

La Junta Patriótica de Huaraz fue un organismo clandestino creado en 1818 para difundir las ideas libertarias y desarrolló sus actividades en los callejones de Huaylas y Conchucos. Sus miembros difundieron las ideas liberales en colegios, iglesias y reuniones sociales, generando un ambiente propicio para ser una de las primeras y principales bases para la lograr la independencia nacional.

El 23 de noviembre de 1820 partió del cuartel general de San Martín acantonado en Huaura con dirección a Huaraz, un contingente de 250 soldados del ejército Libertador a órdenes del coronel Enrique Campino. Su misión era reclutar a 800 jóvenes para incorporarlos a las filas libertadoras. El día 28 de noviembre establecieron su campamento cerca a Huaraz. Los patriotas huaracinos se pusieron en contacto con Campino y le informaron detalladamente sobre la situación existente y su compromiso de sumarse a la causa independentista.

Cuenta la historia que Huaraz estaba defendida por 70 soldados de infantería realistas y un importante grupo de milicianos, lo que hacía un total de 600 hombres, todos ellos al mando del coronel español Clemente Lantaño.

Sin embargo, al amanecer del 29 de noviembre de 1820, Enrique Campino al mando de una avanzada compuesta por 50 soldados, sorprendió a los realistas, atacándolos a bayoneta. Los huaracinos acompañaron el ataque organizando una estampida, lo que desconcertó sobremanera a los realistas creyendo ser atacados por tropas superiores en número. Muchos realistas huyeron y alzaron la bandera blanca en señal de rendición.

Al medio día del 29 de noviembre de 1820, Juan de la Cruz Romero, Sebastián Beas, Juan de Mata Arnao y Andrés Ramón Mejía, portando la bandera que semanas atrás había creado don José de San Martín, juraron la Independencia de Huaraz y del Perú en la plaza de la ciudad, y prepararon a la sociedad civil para impedir el retorno de las tropas realistas a la entonces Villa.

Andrés Ramón Mejía proclamó: “Huaraz, desde hoy ha quedado liberado del yugo español. Su gente, que es amante de la independencia, con su sangre impedirá el retorno de la opresión. ¡Viva la Libertad! ¡Viva la Independencia! ¡Viva el General San Martín!”.

Todos estos hechos fueron rememorados por Meneses, un viejo huarino barbado que gozaba de la simpatía de los presos comunes y políticos, y en este último grupo tanto de apristas como de comunistas. Él, únicamente se declaraba un eterno amante de la patria.

Desiderio había entablado una relación de respeto y compañerismo con él, quien le había compartido un libro de Gonzales Prada, entonces proscrito por sus ideas anarquistas.  Además, le había hablado de su tierra enclavada en el callejón de los Conchucos, en donde el clima cálido, la tierra fértil y el rio Puchca que llegaba desde la selva hacía que los nísperos, tunas y chirimoyas se cayeran de maduras, además de los atractivos como las ruinas de Chavín de Huántar, bellas lagunas, la catarata de María Jiray entre otros.

            Días previos al aluvión que asolara Huaraz, todos los presos se habían sentido impactados por la noticia del bombardeo de Japón a la base de Pearl Harbor, un ataque que terminó cambiando el curso de la guerra mundial y en general el curso de la historia. Este hecho fue el 7 de diciembre de 1941.

            Las noticias llegaron en a través de Radio Ibérica, cuyo locutor en medio de un estado de shock leía el reporte en el que se daba cuenta que el acorazado norteamericano Arizona, de 30 mil toneladas de carga había explotado con sus 450 toneladas de pólvora. La explosión, brutal, había partido el barco en dos y habían sucumbido cientos de soldados. Tiempo después se reveló que las muertes sólo en dicho barco habían alcanzado a 1,777 personas: casi la mitad de las víctimas mortales del ataque.

            Lo que siguió fue una semana en la que el mundo entero recibía a cuentagotas las noticias del ataque a la base norteamericana, entre especulaciones y reportes oficiales y se esperaba alguna reacción del gigante norteamericano que hasta entonces se había puesto casi de costado ante la conflagración mundial.

            Así llegó el 13 de diciembre; pasadas las seis de la mañana se comenzó a escuchar un estruendo ensordecedor que provenía de la parte alta de la ciudad.

            — Era como los motores de un avión, pero como si estuvieran en tu oído – contaba el abuelo a sus nietos y bisnietos que se habían sentado a su alrededor para escuchar la historia. Luego prosiguió con su relato – Todos nos levantamos asustados, dando tumbos y cayendo, mientras unos sonidos secos se oían a la distancia como si fueran los estrepitosos golpes que se escuchan en las noches de luna cuando pelean los toros de Kárak y Bombom: “pum, pum, pum” “tacra raaaj” … cuando de pronto lo vi a Meneses que salía de su cuadra, calato de cintura para arriba, corriendo y gritando a todo pulmón:

— ¡Nos atacan los japoneses! ¡nos están bombardeando!, ¡corran por sus vidas! – y siguió corriendo rumbo a la puerta principal, mientras los guardias se agrupaban tras las rejas divisorias para impedir una fuga masiva.

Varios de los presos incrédulos y pasmados no sabían que hacer y solo daban vueltas sobre sus pisadas en un metro cuadrado, escuchando como el ruido se acercaba cada vez más. Otros miraban el cielo y no faltó algún guardia que apuntó su fusil a la espera de la aparición de los Nakahima o Kawasakis, los bombarderos japoneses.

Pero todo cambió en cuestión de segundos. De pronto se escuchó un gran golpe en el muro de la pared oeste y esta cedió como un castillo de naipes mientras enormes rocas del tamaño de un camión se golpeaban entre ellas, mientras avanzaban arrastradas por inmensas olas de agua y barro que casi alcanzaban la altura de la torre de vigilancia.

Mientras esa inmensa masa de lodo que arrastraba todo lo que se le ponía en frente avanzaba cruzando el enorme patio, pudieron ver como los tres árboles que les prodigaban sombra eran arrancados de raíz, y, el pánico se iba apoderando de ellos porque no tenían a donde más ir. Por un lado, la naturaleza en toda su magnitud y, por otro lado, las rejas cerradas, sin oportunidad de escape.

Todos los guardias corrieron con dirección al pantano que había frente a la cárcel, sin embargo, hubo uno que regresó y logró abrir el viejo candado de dos golpes justo cuando la marea de barro y agua golpeaba con toda sus fuerzas.

— Yo mismo no sé hasta ahora como es que logré salir de esa…  unas veces flotaba sobre el agua, después aparecía debajo de ella, casi ahogándome ya, y lograba salir a flote. El agua no seguía un curso definido, se iba por aquí, iba por allá, seguro según la resistencia de las casas, piedras y árboles, pero claramente se iba hacia el rio Santa… lo que sí, vi un tronco de eucalipto y me lo abracé y no lo solté más…- seguía narrando Desiderio mientras un cálido fulgor se dejaba notar en sus cansados ojos, que habían visto tanto durante más de un siglo de vida.

Solamente Meneses y Desiderio lograron salvar la vida. Los otros treinta y tres internos y los nueve guardias fueron devorados por la corriente y se ahogaron en pocos minutos, o perecieron a causa de los golpes de las piedras o del barro que cuan amalgama de concreto los fue triturando.

Las aguas avanzaron con suma rapidez formando represas, cambiando el cauce de aquí para allá, inundando aún más el pantano donde hoy funciona el colegio Atusparia, hasta llegar al cauce del rio Santa donde al golpear contra el cerro de enfrente, la corriente se dividió hacia el norte y hacia el sur.

Desiderio encaramado en el tronco que le había salvado la vida, continuó a la deriva hacia el norte, y alcanzó a ver a Meneses que lograba salir a nado hacia la orilla occidental, justo en la ruta que llevaba a Pampas. “Allí debí haber quedado yo para irme a mi tierra” pensó en algún momento, pero luego, viendo todo el dolor y muerte que el aluvión causaba se dio cuenta que no podía marcharse sin ayudar al prójimo necesitado.

Logró llegar a un espacio firme y descansó un rato largo, tratando de recuperar el aliento, agradeciendo a Dios por estar vivo y lograr burlar a la muerte una vez más en su corta existencia. Los breves minutos que había peleado por su vida habían sido de tal intensidad que aún tenía los músculos contraídos por el esfuerzo, pero no tenía mayor daño que raspones superficiales y un intenso ardor en los ojos.

Al inicio caminaba como un sonámbulo y pudo ver el horror de los sobrevivientes tratando de rescatar a sus familiares o amigos. Familias enteras habían tratado de refugiarse en sus casas, pero el fango de la inundación había hecho presa de sus vidas, mientras abrazados imploraban clemencia a Dios.

Decenas de hectáreas se habían convertido en un lugar gris y pedregoso, y a lo largo de las riberas del rio Quilcay se podían apreciar rocas de quince a cuatrocientas toneladas, y de más de ocho metros de alto. Ocho millones de metros cúbicos de agua arrastrando todo lo que encontró a su paso habían arrasado con una parte de la ciudad, dejando su estela de muerte y destrucción.

Mientras caminaba aun sin tener plena conciencia de lo ocurrido, Desiderio pudo ver los cadáveres que por decenas yacían en las playas del rio Santa, algunos semi enterrados en los campos de cultivo, otros desmembrados en los caminos de herradura, entre la arena o debajo de los inmensos bloques de granito que arrastró el deslizamiento.

Los heridos y sobrevivientes comenzaban a gritar de dolor o implorando ayuda. Su sangre se mezclaba con el barro que los cubría por entero formando un amasijo que no permitía saber a ciencia cierta la gravedad de las heridas. Algunos arrodillados exclamaban que era el fin del mundo y pedía perdón a Dios. Desiderio ayudó a todos los que pudo, llevándolos a la parte alta donde una multitud de sobrevivientes y heridos se congregó para luego ser trasladados al hospital de Belén.

El nosocomio en poco tiempo se llenó de muertos, siendo la gran mayoría niños, niñas y adolescentes, una generación de huaracinos perdida por la ira de la naturaleza. Sus cuerpecitos íntegros y sus angelicales rostros simulaban un sueño transitorio, cuando en realidad se trataba del sueño eterno. Los cuerpos de los adultos en cambio yacían con graves contusiones, extremidades fracturadas, o cráneos triturados.

El reconocimiento de los cadáveres fue un trágico hecho que desgarraría al hombre más duro. Como años después alguien describiría “las madres vivas no quieren soltar a sus hijos muertos, los hijos vivos no quieren apartarse del cadáver de sus padres y los lloran explosivamente”.

— Todo el día he buscado heridos, he salvado ocho niños, seis mujeres, tres hombres adultos, dos abuelitos y hasta un allku – siguió contando Desiderio a sus descendientes, que han quedado pasmados con el crudo relato del abuelo. – sin comer y sintiendo que ya las fuerzas no me daban, hasta que ya era de noche y lo he perdido uno de mis zapatos. Entonces como ya era oscuro, me he quedado a dormir a la altura del colegio La Libertad. Bien envuelto con un poncho me abrigué pensando que habría pasado en Pampas, cuando de pronto otra vez ¡pum pum pum tacra raaaj! – Continuara…

Fin de la cuarta entrega
Escrito por David Palacios Valverde

Proxima entrega: jueves 17 de diciembre de 2020


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