Cuando el diablo andaba en Huaraz

Cuando el diablo andaba en Huaraz

Hace mucho tiempo en Huaraz y por ende en el Callejón de Huaylas; era común que en las noches se compartan cuentos; leyendas; mitos y diversos tipos de relatos, los cuales eran contados por nuestros padres y abuelos. Era muy común contar que, por ejemplo, antes el diablo andaba por las calles de Huaraz acechando a las hermosas huaracinas. En esta oportunidad les traemos un cuento escrito por el gran cuentista José Ruiz Huidobro, quien nos relata una de esas experiencias. Disfrutenlo.

Los amores del diablo

Viene a mi pluma la donosa ocasión de ocuparme de los amores del diablo en esta muy generosa ciudad de Huaraz, y no quiero perder ni dejar de mano tan divertido tema.

    ¡El diablo en Huaraz! El caso es para poner los pelos de punta a cualquier hijo de vecino, pero como no pretendo asustar a mis lectores, comenzaré por afirmar que son casos y cosas de otros tiempos.

      Ya el diablo no viene ahora por estos andurriales. Entretiénese Dios sabe dónde y cómo, y ahora ni para remedio se presenta. Quien quisiera conocerlo, tendría que recurrir a empolvados infolios o a borrosas pinturas. Tal es el desuso en que ha caído este personaje, que nadie se ocupa ya en reproducir la ruin estampa que antaño campeaba en todas partes, y sus retratos van siendo tan viejos como su historia.

       Pero vamos al cuento, y dejemos aparte exordios y disquisiciones.

       Hace tres cuartos de siglo, Huaraz era una apacible y monótona población. Sin telégrafo, sin alumbrado eléctrico y con correos mensuales a la capital de la República, la vida huaracina tenía algo de patriarcal.

       Las pocas noticias de la República y del extranjero se comentaban durante todo un mes. Así, pues, la llegada de cada uno de los correos de Lima, que hacían el viaje por tierra, era un verdadero acontecimiento.

      La gente se acostaba a las ocho de la noche y al alba ya estaba de pie todo el mundo, como suele decirse.

       Las ocupaciones principales eran la agricultura y la ganadería. El comercio, muy escaso, estaba en manos de tres o cuatro bachiches y chapetones.

        Entre el cuidado de las chacras, las misas, rezos, y alguna visitilla a las familias amigas trascurrían las doce horas del día. No puede darse vida más tranquila y morigerada.

         Por las noches, uno que otro farolillo o candil mortecino alumbraba débilmente ciertas calles de la ciudad. Así es que en cuanto oscurecía, muy osados habían de ser quienes se lanzaran a la calle.

         Fue en esta época que el diablo, enamorado de una gentil doncella, dio en el prurito de hacer sus excursiones por esta ciudad, y por cierto que sus aventuras hicieron bastante ruido, tanto que hasta a mí ha llegado el relato de ellas, y voy a hacértelo, lector amigo, sin agregarle ni quitarle nada.

         Helo aquí:

         En el final de la cuarta cuadra de la calle de Bolívar, como quién va de la plaza y en la acera izquierda, existía en aquellos tiempos (creo que existe todavía) una pequeña tenducha, sin más salida que la que daba a la calle referida. Habitaba en ella una elegante y hermosa huaracina de veinte abriles, que por achaques de fortuna se había quedado huérfana y sin parientes. Mercedes que tal era el nombre de esta hija de Eva llevaba sin embargo ordenada y cristiana vida. Sin perjuicio de asistir a misas y misiones, sin dejar de confesarse y comulgar por pascua florida y siempre que era menester, era no obstante amiga de enseñar sus lindos y pequeños dientes y de lanzar airadas miradas asesinas a cuanto mancebo se ponía bajo el fuego de su mirada aterciopelada.

        Pero nadie, ni aún el más opuesto galán huaracino, podía jactarse de haberle inspirado un sentimiento más íntimo que el de una simple amistad.

       La mocita no admitía requiebros sino de día y aunque de noche, su tenducha permanecía abierta hasta las nueve, menudo chasco se habría llevado quien hubiera pretendido de ella algún gajecillo de amor.

        Y si abría de noche, no era por correr aventuras, no, Era por vender algunas cosillas, que constituían su negocio, y que las comadres de la vecindad compraban muy satisfechas de encontrar una tienda abierta cuando todos los bodegueros y comerciantes dormían plácida y tranquilamente.

Durante los ratos que las atenciones del tenducho se lo permitían, Mercedes tejía, a la luz de una lámpara, esas prodigiosas mallas que pueden competir con los mejores encajes de Alencón y valencianas.

       Sola, siempre sola, su existencia deslizábase apacible y risueña, como esos arroyuelos que parecen no tener otra misión que murmurar alegremente inundando praderas llenas de flores y verdor.

        Algunos galanes, desdeñados, dieron en la manía de espiarla y lo único que resultó fue que se expiaron unos a otros mutuamente.

        Mercedes era, pues, inabordable e inabordable habríase quedado, a no mediar la aventura que da margen a este cuento.

        Era una noche del mes de abril de 1839. La luna magnífica y esplendorosa, como sabe serlo en este cielo de Huaraz, hallábase en el plenilunio.

        Las calles de Huaraz yacían sumidas en completa soledad, y entre las dos fajas de penumbra que en ellas proyectaban los techos, la luz lunar se derramaba como un amplio caudal que trazara cruces en las esquinas.

       Las noches de luna, el Municipio ahorraba los faroles y en la calle de Bolívar no había más luz que la que se escapaba de la humilde vivienda de Mercedes.

       Las nueve serían cuando una viejecita, que moraba a pocas cuadras de la casa de Mercedes, penetró a la tenducha.

      -Vecina. Buenas noches.

      -Buenas noches, vecinita. ¿Es que va Ud. a velar?

      -No vecina. Quiero que me venda Ud. una vela.

      —Muy bien, vecina y mientras Mercedes tomaba la vela, la mirada de la viejecita tropezó con la figura de un hombre, quien estaba tranquilamente arrinconado en uno de los extremos de la tienda.

       El hallazgo visual no era para pasar desapercibido. ¡Un hombre en la casa de Mercedes! ¡a tal hora!…

       Y la viejecita, entre espantada y confusa, se persignó tímidamente.

       El hombre lanzó una especie de rugido y miró a la anciana con tal expresión de amenaza que aquella sintió un escalofrío en todo su ser. Tomó apresuradamente la vela, pagó y se fue temblando.

       Al día siguiente, la noticia culminante del barrio era la presencia de aquel sujeto en la morada de la bella Mercedes.

        La viejecilla había soltado la sin hueso y todos eran comentarios. La especie corría de boca en boca y no hubo vecino ni vecina, que no echase ese día, al interior de la casa, una mirada investigadora y burlona. Pero ¡oh sorpresa! Mercedes estaba sola, tan sola como siempre. Algunos creyeron que sólo era una invención de la vieja de marras, otros, menos fáciles de convencerse propusieron esperar la noche.

          Apenas anocheció, Mercedes fue atisbada y eran las ocho de la noche cuando los curiosos pudieron ver al sujeto, causa de su desvelo, cómodamente apoltronado en un antiguo sillón de brazos, en el mismo sitio que la viejecita lo viera la noche anterior.

         Contentos de haber satisfecho su curiosidad unos, otros envidiosos de la suerte del tipo aquél, que así, de buenas a primeras, y sin más trámite era recibido por Mercedes en la intimidad, los atisbadores se fueron a dormir.

¿Quién era el galán aquél? ¿De dónde venía? ¿Cómo vivía? Estas y otras o parecidas eran las preguntas que se hacían vecinos y vecinas. Y lo que más intrigados les traía era la rara catadura del nocturno visitante. Era el tal, alto y esbelto. Nariz roma, ojos negros y brillantes, y enormes y bien retorcidos mostachos, daban a su rostro una expresión desconcertante. Vestía de negro y era su traje el de un hombre habituado a viajar. Usaba altas botas y las espuelas demostraban que cabalgaba todos los días. Un enorme sombrero de Guayaquil, con una cinta bien ancha, llenaba de sombra su fisonomía completando el conjunto.

      Parece un gaucho. En estas palabras reasumieron los curiosos su opinión.

      Y era lo más raro que Mercedes parecía no percatarse de su presencia. Tranquilamente, hacía su malla, a un extremo del aposento, mientras en el opuesto, el caballero galán, apoltronado, fumaba cigarros blancos de buen tabaco de Jaén.

      Así las cosas, cierta noche, y a la hora en que Mercedes acostumbraba cerrar la puerta de calle del tenducho, la viejecita de marras fue a comprar un paquete de azul de ultramar.

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      Después del saludo consiguiente, Mercedes le hizo entrar y le despachó el artículo solicitado.

       El gaucho continuaba, imperturbable, en su sitio de costumbre y, cuando entró la vieja, el individuo aquél no sólo no la miró como la primera vez, sino que, levantando la mano derecha, rápidamente se encasquetó el sombrero que llevaba, como queriendo ocultar el rostro.

       La vieja, curiosa como buena hija de Eva, miró y remiró insistentemente al desconocido. Nada pudo sacar en claro. Pagó su compra y se despidió. Detrás de ella fue Mercedes hasta la puerta y apenas traspuso la anciana el dintel, Mercedes cerró y, casi instantáneamente, partió del interior del tenducho un grito terrible, desesperado, y el ruido que hace un cuerpo al caer a tierra.

       La vieja que oyó el grito, temerosa y huyó santiguándose.

        Era una noche de luna, la luz de este astro claro y serena se esparcía a torrentes por todos los ámbitos de la ciudad dormida.

        Al día siguiente, las vecinas y transeúntes vieron con asombro, que la puerta del tenducho permanecía herméticamente cerrada.

       Comenzaron las hablillas y comentarios y el barrio se hizo lenguas acerca de la ausencia de Mercedes.

       Y pasó un día y otro día, y otros más, y la puerta de aquella vivienda continuaba cerrada, sin que nadie pudiera dar la menor noticia de la gentil doncella.

      Al cabo de cuatro días, el subdelegado de la provincia; vivamente intrigado por los decires que corrían de boca en boca, se acercó al lugar con un buen número de vecinos notables y procedió a abrir la puerta de Mercedes.

       Abierta aquella penetró el representante de la autoridad con su séquito. La primera habitación nada de particular ofrecía, todo estaba en su sitio ordenado e intacto, pero en la habitación contigua ósea en el dormitorio de Mercedes, los circunstantes vieron con estupor al pie del lecho vacío, todas las vestiduras de Mercedes arrojadas en el suelo y ella… ¿ella? Inútiles fueron todas las investigaciones hechas. No se encontró el menor indicio por el cual pudiera saberse el paradero de Mercedes.

        La puerta demostraba haber sido cerrada por el interior y como la casucha no tenía otra salida, la desaparición de Mercedes pasó a la categoría de los misterios.

       Requisitorias e investigaciones, todo fue inútil. La mocita, se había evaporado. Entonces los vecinos y comadres del barrio declararon que el gaucho no podía haber sido sino el diablo y que el diablo había cargado con la codiciada mujercita, que los tenorios huaracinos no habían podido conquistar.    

         Un transeúnte que llegó a esta ciudad la noche de la desaparición y que venía de Conchucos, declaró que en el paraje llamado «Recibimiento» en el camino de esta ciudad a Recuay, había encontrado a un jinete alto y bien montado, que llevaba en brazos una mujer vestida de blanco y al parecer desmayada.

          Entonces, se llegó a la conclusión lógica de que el diablo enamorado de Mercedes y cansado sin duda de su prolongada soltería de tantos siglos, había raptado a la bella huaracina, tomando el camino de Recuay para volver a sus tenebrosos dominios.

II

       Veinte años más tarde, en una casucha de barrio de Belén, moría un individuo, víctima de un terrible ataque cerebral.

       Aquel hombre había vivido como un réprobo —sin parientes y sin amigos—encerrado en un mutismo sombrío, su existencia transcurrió en un aislamiento espantoso.

         Dos años antes de su muerte, llegó a Huaraz, una tarde lluviosa. Tomó en alquiler la primera casa que encontró desocupada y se estableció en ella de manera muy modesta, casi miserable. No salía de su casa sino de noche, muy embozado. Vestía siempre de negro y usaba un enorme sombrero de Guayaquil.

        Alguien aseguró haberlo visto, cierta noche, regresar a caballo llevando de tiro una bestia que conducía un enorme baúl y desde entonces sus salidas nocturnas fueron menos frecuentes.

        Cuando enfermó, un buen sacerdote que vivía cerca fue a verlo y al encontrarlo gravemente postrado en cama y sin la menor asistencia, envió un par de religiosas betlemitas que lo atendieron.

       Murió al siguiente día de aquel en que fue a verlo el sacerdote y, como el ataque que sufriera lo inmovilizó, quitándole hasta el habla, murió como había vivido, silenciosa, calladamente.

      La casualidad, sin embargo, reveló algo del pasado de aquel extraño sujeto; el mismo día en que sus restos habían sido trasladados a la fosa común, el tenducho en que había vivido fue invadido por los vecinos. Mientras él vivió, nadie había osado entrar a su morada. Tal era el temor que inspiraba su sola presencia.

         Muerto él, su aposento fue recorrido por cuantos penetraron. No dejaba papeles de ninguna clase. Un catre, un gran baúl vacío y algunas puñadas de tabaco esparcidas aquí y allá era todo lo que quedaba.

         Un curioso penetró al segundo aposento, lo halló vacío, pero advirtiendo una escalera que subía a un desván, trepó por ella y penetró a la buharda. Entonces a la luz que penetraba por un ventanuco vio, con espanto, un cuadro siniestro.

        Sobre un cobertor muy usado yacía un esqueleto humano; algunos harapos blancos le servían de vestidura y una rubia cabellera que el polvo y el tiempo habían deteriorado, demostraban que aquel esqueleto pertenecía a una mujer  

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        Los amores del diablo terminan trágicamente. La hermosa mujer que él raptara en un delirio amoroso, era, a no dudarlo, ésta, cuya osamenta pudieron admirar cuantos en pos del primer curioso penetraron al desván.

      ¿Quién fue aquel hombre? Jamás ha podido ser identificado.

      Fue sin duda un réprobo. Como tal había vivido, como tal había muerto.

      Al día siguiente el esqueleto de Mercedes fue también a la fosa común y allí, en la tumba de los sin fortuna, ¡se mezclaron los huesos de aquellos dos seres que otrora calcinara el amor y que ahora unía para siempre el hielo de la muerte!…

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