Desiderio, el hombre que se cansó de burlar a la muerte (decimotercera entrega)

 Desiderio, el hombre que se cansó de burlar a la muerte (decimotercera entrega)

Continuamos con la decimotercera entrega del cuento del cuento “Desiderio, el hombre que se cansó de burlar a la muerte”, gracias a la cortesía de su autor David Palacios Valverde

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DECIMOTERCERA ENTREGA

Los funerales de la abuela Emilia fueron muy sencillos, estrictamente familiares. Desiderio había llegado a su habitación a ratificar el deceso de su abuela-madre, impulsado por una fuerza invisible, misteriosa e intangible, que le dictaba a su corazón el camino y la oportunidad para llegar al lecho de la anciana que había expirado pocos minutos antes.

Ella estaba tendida sobre la cama con su cabello blanco, suelto y cepillado, como si hubiese sabido que era su hora final, vestía un limpio camisón y tenía las manos extendidas a cada lado a la altura de su cintura, y los pies cubiertos por gruesas medias de lana, pues el frio en esa zona de su cuerpo había sido una de sus características y debilidades durante toda su vida.

Desiderio ordenó que avisaran al resto de la familia, que prepararan café de cebada y abundante caldo de gallina; ordenó también que llamaran al carpintero para que les venda un ataúd, el mejor que tuviera, que fueran a prestarse sillas de los vecinos para el velorio, entre otros aspectos logísticos. Finalmente, ordenó que la vistieran con su hábito de la Virgen del Carmen, su rosario y su escapulario, y que le pongan una estampa de San Jerónimo, pero que no le vayan a quitar las medias por ningún motivo.

— Yo conozco bien a mi mamá. No vaya a ser que tenga frío durante su viaje – había respondido cuando de manera insistente alguien quiso cuestionar su decisión.

Al amanecer el padre Guimaray personalmente hizo tañer las campanas en señal de duelo y los pobladores de Pampas supieron inmediatamente de quien se trataba.

Muchos expresaron su congoja de manera inmediata, otros en cambio, a pesar de haber recibido múltiples favores y atenciones por parte de la abuela, cruzaron la calle para evitar dar las condolencias. “Gente de mierda”, había pensado Desiderio cuando los veía cruzar disimuladamente.

Los días de espera por los hijos que habrían de llegar desde la costa fueron grises, y una intensa y menuda llovizna cayó sin pausa. Era como si el cielo llorara sosegado, pero de manera incontenible por la anciana que se iba llevándose en su espalda toda la experiencia de vida de una octogenaria y también sus sueños, añoranzas y recuerdos que ahora habrían de materializarse en la larga prole que quedaba.

Desiderio asimiló el golpe con entereza y estoicismo. Se quedó en la casa organizando los asuntos para el futuro, pero sabiendo que no podría tener la misma fortaleza y don de mando de la mamá Emicha. Las mujeres de la casa lloraron a mares mientras él se mantenía a gritos silenciosos.

Todos ellos se preguntaban ¿ahora quién dará consejos para la crianza de sus bisnietos?, ¿quién sabrá cómo sacar de sus depresiones a don Adrián cuando se encierre en Chimpi?, ¿quién va controlar que se cumplan los efectos de lluvias intensas cuando haya arco en el sol que moja la casa del pastor, o que haya sequía, pues arco en la luna seca la laguna?, ¿Quién va a supervisar que las estaciones del año se presenten en su estricto orden, o evitará que ocurran desastres naturales?…

Cavilando en todo ello, a Desiderio se le iban pasando los días y las noches todas iguales, durmiendo en la misma cama que fuera el lecho de muerte de su madre-abuela, cuando al alba del octavo día, es decir el tercero después del entierro y mientras él y la tía Polencia observaban sobre las cenizas que habían puesto la noche anterior la huella de cordero, que era el símbolo que comunicaba que la viejecita se iba directamente al cielo, llegó un peón  de la lechería a decirle que la vaca Holstein había muerto.

— ¡Malaya mi hora! Carajo… – expresó Desiderio con rabia, pero permaneció unos veinte días más en el pueblo rumiando su cólera, hasta que llegó el mismo peón asustado a comunicar que otra vaca había caído y que otras tres más parecían enfermas.

En medio de una tenue llovizna similar a la de la madrugada en que fue a Pampas para ratificar la muerte de la mamá Emilia, partió a caballo rumbo a Huanchac Pucrán a encargarse de la nueva calamidad que ahora caía sobre su familia y su empresa.

El ántrax o carbunco era una enfermedad infecciosa grave causada por una bacteria conocida como Bacillus anthracis que había llegado a la lechería de Desiderio, probablemente en un par de vacas que se habían sumado a la recua provenientes de Huarmey, ya que una había muerto y la otra estaba muy grave.

Ya se había enterrado a la vaca Holstein, y el cadáver de la segunda aún estaba a la espera de Desiderio, quien, al llegar, sin ningún tipo de reparo ni asco exploró el cuerpo del vacuno de cuyas fosas nasales habían comenzado a salir gusanos y la panza se había hinchado enormemente

— Hay que quemar, enterrar profundo y echar encima cal – ordenó, y dispuso que alguien fuera hasta Yaután para traer al veterinario lo antes posible.

Luego se fue a ver a las vacas enfermas y encontró que éstas habían dejado de comer ya hacía tres días, presentaban fiebre, excitación, descoordinación de movimientos, falta de control sobre su propio cuerpo y hasta convulsiones. Según le contaron eran los mismo síntomas que habían presentado las otras vacas, ya muertas.

Inmediatamente, ordenó que se beneficiaran aquellas tres vacas enfermas y que se siga el mismo procedimiento que con la anterior, que también desinfectaran los establos y, además, esta vez pidió que se cortara un trozo de carne de una de ellas y se guarde en un plástico. “Es para el veterinario” había dicho.

Dos días después llegó el veterinario, en un ambiente que parecía de normalidad, ya que todo hacía suponer que la emergencia había sido controlada. Cuando le dieron el pedazo de carne, él señaló que tenía que mandarla a Huaraz o Lima para que puedan analizar químicamente, pero que eso podría tardar uno o dos meses.

Sin embargo, por la descripción de los síntomas y forma de la muerte de los animales, él se animaba a decir que era carbunco, y que “ojalá se haya controlado pishtando y enterrando a las vacas enfermas, porque si no es así, puede pasar cualquier desgracia, chica o gigante”.

Desiderio sentado en la puerta de su casa leía despreocupado el diario que había recibido de su primo Columbo días antes del fallecimiento de su abuela.

— Que voy a hacer, docto, ya estamos jugados, hemos hecho todo lo que está en nuestras manos; ahora solo queda esperar que no haya más animales contagiados. Toda esta mierda justo ahora, que no me ha permitido ni siquiera llorar a mi viejita-.

Quince días después, dos animales dejaron de comer y luego comenzaron a hacer fiebre, luego otros dos y así hasta llegar a la veintena de las mejores vacas lecheras.

Fue entonces que llegó Adrián Alegre con la trágica noticia que la peste también había llegado a Cullash, Cajamarquilla, Colcabamba y Huanchay y que había desesperación por salvar a los animales sanos, mandándolos a la costa. Desiderio comprendió que era su única alternativa para tratar de salvar los escombros en que ya se habían convertido sus sueños.

Mientras Adrián hablaba, él se quedó pensando como en un abrir y cerrar de ojos se puede acabar tantas ilusiones y perderlo todo. En el caso suyo había sido a su madre amada y la empresa en la que había depositado todas sus esperanzas y el fruto de su esfuerzo de una vida.

— … así que ya me he comprometido a ir llevando el ganado. – terminó diciendo Adrián Alegre.

–  Yo voy contigo – fue la inesperada respuesta del hijo. – Esto ya está jodido por acá-

Fue entonces que se iniciaron los preparativos para tratar de rescatar las sesenta y siete vacas, vaquillonas, toretes y hasta “Amoroso” que aún se mantenían aparentemente saludables, ya que en cuanto comenzaban a dejar de comer por dos días continuos, los animales eran sacrificados inmediatamente, sin posibilidad de rescatar carne o cuero.

En cuatro días habrían de juntarse en la bajada de Kéyok todo el ganado que se quisiera rescatar, para iniciar el largo camino hasta Lima, donde ya se había conseguido comprador. En Casma y Huarmey no querían el ganado pues ya la noticia había llegado hasta allí. También se trataba entonces de una lucha contra el tiempo.

El hijo mayor de Desiderio, Manuel, ya tenía alrededor de once a doce años y poco a poco se iba convirtiendo en un apoyo más para su padre, a tal punto que cuando se producía la situación de emergencia, se auto propuso ir con este a Lima llevando el ganado, pero los malos recuerdos de Desiderio por la primera vez que salió de Pampas y casi muere engullido por el mar embravecido hicieron que este le corte toda ilusión de niño que transita a la adolescencia, de un solo golpe. “Todavía no tienes bigotes” le había dicho rompiéndole la emoción temprana por participar en una primera gran aventura y comenzar a ganarse sus propios galones de experiencia, como lo había hecho su padre veinte años antes en la ruta a Casma.

El día convenido, comenzaron a llegar los arrieros desde diversas partes llevando delante de ellos el ganado sobreviviente de una peste que se había comenzado a extender como reguero de pólvora, sin que nadie supiera el origen ni la forma de enfrentar a ese enemigo invisible que en forma de esporas ingresaba al organismo de los animales mediante su respiración.

Era media docena de arrieros los que debían hacer llegar cerca de tres centenares de cabezas hasta Lima, para lo cual tendrían que enfrentar mil y un vicisitudes en el camino, tal vez enfrentar cuatreros abigeos, seguir adelante a pesar del calor el frio, el hambre, la sed y el cansancio, puesto que tenían una meta muy concreta de llegar en un mes hasta Ancón, donde la recua sería recogida.

Se había descartado la posibilidad de llevarlos en camiones desde Casma, no solo por el alto precio que era requerido, sino porque los camioneros temían a la peste y la gran mayoría se negaba a llevar ganado por el temor de que pudiera estar enfermo y el contagio pudiera llegar a los seres humanos.

Era junio, el mes más frio por las heladas de la sierra, pero llevadero en la costa porque el cielo permanecía nublado por largas horas. Sin mucha ceremonia, Desiderio se despidió de su extensa familia y emprendió esta nueva aventura, montado en su caballo sobre el cual llevaba el fiambre y pertrechos necesarios para la larga travesía. Era como si Pampas lo alejara para que en las largas noches o mientras atravesara el desierto pueda llorar su dolor sin temor a ser visto u oído. El lastimero canto de una típica palomita de esas tierras marcó su despedida: “unguy”, “unguy”.

Partieron a paso lento y con el mugido de lamento de las vacas que parecían comprender que un oscuro, nuevo y diferente destino esperaba por ellas a cientos de kilómetros de distancia, y que la vida de atenciones a cambio de su preciada leche se terminaba precisamente en ese momento.

Fueron treinta y nueve días extenuantes. Todo había resultado más largo, más difícil, más sobrecogedor de lo que nunca habrían podido calcular. Movilizar tantos animales juntos rebasaba las capacidades de los pocos hombres y sus perros, superaba los límites de los estrechos caminos en la agreste serranía y cuando llegaban a los escarpados llanos de la costa, los animales tendían a dispersarse sin control.

En la difícil ruta también fueron muriendo los más débiles, viejos o pequeños, ya sea por el hambre, la sed o simplemente por el cansancio de tantos días de caminatas de seis a seis, casi sin descanso y con muy pocas paradas para principalmente hidratar y alimentar a los vacunos en los escasos riachuelos o pastos que encontraban en el camino.

Las noches de estrellas infinitas servían para oír el lastimero mugido de congoja y sufrimiento de decenas de vacas que habían sido tan queridas y cuidadas mientras permanecieron con sus dueños y que ahora sufrían el daño causado por el engreimiento y consideraciones extremas.

Cada noche, Desiderio se acercaba a mirar a “Cajonera”, “Mallqui”, “Mistura” y a su engreído “Amoroso”, que confundidos con otros animales marchaban estoicamente de día y por la noche lanzaban sus lastimeros mugidos recordando mejores tiempos o como expresión del temor a lo desconocido hacia donde se dirigían sin remedio. Compartía su agua con ellas y les hablaba como lo había hecho durante la época de mayor bonanza de su empresa. Otras tantas cabezas de ganado suyas, se confundían con el resto, pero él siempre pasaba revista, reconociéndolas por el sello de su hierro en las ancas.

Adrián en cambio se apartaba de todos, encendía su cigarro Premier y tomaba sorbos cortos de su botella, siempre escondida entre el pecho y la axila. Alguna vez los incrédulos hombres le habían escuchado hablar en mitad de sus pesadillas, era como si conversara o peleara con alguien, tal vez con doña Consuelo, la madre de Desiderio que siempre estaba presente en sus pensamientos y sueños. Desiderio acostumbrado a esos arranques del padre, prácticamente no le prestó atención.

Otra noche se despertaron ante los desesperados gritos de los animales y los ladridos de los perros en la oscuridad. Cuando se acercaron encontraron los restos de una ternera que había sido desgarrada por un predador, que aprovechando la noche y el cansancio de los hombres y perros había hecho presa del pobre animal. También un valiente perro había caído en su afán por proteger a la vaquillona. Desde entonces tuvieron que duplicar la guardia por turnos. “Puma de mierda, hasta aquí vienes a joderme” pensó Desiderio mientras enterraba los restos de los animales.

Por fin llegaron a la costa, pero fue para peor. Si bien el cielo cubierto no dejaba traslucir los rayos del sol de manera directa, el bochorno y la humedad hacía que los animales se agotaran más, amén del duro asfalto que nunca había sido pisado por las pesuñas de las vacas.

Los escasos vehículos que transitaban en aquella época pasaban con cuidado ante la invasión de la pista por parte de la recua desorientada y asustada ante el sonido de la bocina, o en una ocasión, un carguero había atropellado a dos crías débiles que no pudieron sortear el destino vestido de metal y neumáticos.

Una noche todos despertaron sobresaltados al oír los desesperados ladridos de los perros y los gritos del arriero que hacía turno de vigilancia. En medio de la inmensa oscuridad se escuchaba la cabalgata de varios hombres que se acercaban directamente a ellos, pero la insuficiente iluminación de la fogata o las linternas de mano hacían imposible conocer con certeza lo que ocurría.

— ¡¿Quién vive?!- gritó el vigía, pero no solo no obtuvo respuesta, sino que se vio sorprendido por un golpe de machete en el pecho haciéndole lanzar un desgarrador grito de dolor y desesperación ante la muerte inminente, pero antes de ello, con las últimas fuerzas que le quedaban alcanzó a lanzar una final voz de advertencia

— ¡Abigeos, carajo! Y luego cayó atropellado por la fuerza y la potencia de un caballo.

Ante la advertencia, Adrián Alegre y uno más de los viejos arrieros sacaron sus fusiles Mauser y Remington y lanzaron disparos al aire; sin embargo, el ataque de los cuatreros no se detenía, entonces tiraron a matar, casi a ciegas orientados únicamente por la intuición y el oído, pero al parecer con tal certeza que alguno de ellos habría caído herido o muerto por un grito gutural de desesperación y la inmediata partida de la banda, no sin antes llevarse consigo al menos media docena de cabezas.

Enterraron a su muerto, en silencio y sin llanto, solo con un dolor profundo en el corazón, con auto conmiseración por las circunstancias aciagas que los habían puesto en medio de la nada siendo presa de fieras y bandidos. Lloraron en su interior por la pobreza y la necesidad de encontrarse en ese solitario paraje tratando de salvar algo de su economía, y Desiderio por ver cada vez con mayor claridad como su sueño se terminaba de hundir.

Pasadas tres semanas y con la preciada carga menguada llegaron a la inmensa pampa de “Medio mundo” cerca a Huacho, donde un medio día de neblina, Desiderio pudo apreciar con estupefacción que las vacas ya rendidas por el cansancio, el hambre, la sed, el dolor, comenzaron a derramar lágrimas. “Las vacas están llorando, carajo” pensaba mientras montado las seguía arriando y evitando que las más débiles se retrasen. “Nunca pensé ver algo así” seguía pensando, “estos animalitos sienten como las personas… así siquiera hubiese llorado yo, y no he podido” se decía, renegando porque los acontecimientos se habían dado uno detrás de otros que no le habían dejado sufrir por la muerte de su abuela.

En Huacho los esperaba el tío Américo que había conseguido comprador para ciento cincuenta cabezas y las demás tendrían que trasladarse aun hasta Ancón donde los esperaba el tío José para llevarse el resto.

La ambulancia se dirigió sin detenerse hasta el Hospital Nacional Edgardo Rebagliati Martins, el hospital más grande y de mayor complejidad en el país, enclavado en el distrito de Jesús María. Pese a haber llegado al amanecer a Lima, la travesía hasta el nosocomio duró otras dos horas por el intenso e insufrible tráfico de la capital peruana.

Ya allí se toparon con toda la indolencia de la burocracia y la típica tardanza de los médicos que debían analizar la situación, lo cual aunado a la orden de obtener imágenes del abdomen del pequeño Desiderio, significó tres horas más.

A pesar de llegar de emergencia y contar con el apoyo de amigos que conocían a las más altas autoridades de la Seguridad Social, todo fue lento y desordenado en un frio medio día del invierno limeño que con su impasible cielo color panza de burro daban una nota más de dramatismo a la situación.

Luego de emitidos los resultados fue necesaria una junta médica para que hasta cuatro galenos puedan debatir cual sería la mejor medida a tomar. Lo cierto es que tenían miedo de decidir abrir a un pequeño de menos de un año en una operación que podría comprometer su vida.

Mientras tanto en casa de Desiderio la noche había pasado entre silencio sepulcral y el compartir de bebidas alcohólicas entre unos pocos que continuaron la jornada.

El viejo estaba en su habitación solo. Varias veces cuando habían ido a verlo parecía dormir, pero lo cierto era que se encontraba absorto en sus cavilaciones, y había decidido cerrar los ojos cada vez que la luz invadía su estancia al abrirse la puerta.

No quería conversar con nadie. Estaba molesto consigo mismo, estaba molesto con la muerte que se había apartado de la rutina de la persecución y escape, juego que habían practicado desde el día de su nacimiento.

No durmió toda la noche imaginando lo que el pequeño estaría sufriendo por causa suya, mientras atravesaba los andes en una vieja ambulancia acompañado por su desesperada madre que en todo momento no hacía más que trasmitir su nerviosismo y sus incontenibles ganas de llorar, como si la desgracia peor fuera inminente.

Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a imponerse sobre la lóbrega noche, él seguía aun despierto, masticando su cólera y musitando para sí mismo incomprensibles palabras que lo transportaban a lugares y tiempos lejanos que habían permanecido en su memoria como tatuaje, como cicatriz, como estigma, o solamente en forma de recuerdos imborrables.

Alrededor de las ocho de la mañana escuchó que de manera muy cuidadosa y tratando de hacer el mayor silencio posible la puerta de su cuarto se abrió, pero al ver que el cuerpo del anciano permanecía inmóvil, solamente dejando entrever el aspirar y exhalar de sus pulmones, la puerta se cerraba nuevamente.

Después oía el “sigue durmiendo, todavía”, lo cual sabía que le daría una hora más de tranquilidad para seguir con sus meditaciones, sus recuerdos o su esfuerzo por tratar de volver a contactar a la muerte y ofrecerle un trato o una súplica desde lo más profundo de su corazón. Ella permanecía ausente y parecía ignorarlo en este momento de extremo sufrimiento por el tatara nieto amado.

Al promediar las nueve de la mañana dos de sus nietas ingresaron llevando el desayuno. El viejo, lejos de su costumbre aceptó consumir sus alimentos en la cama, pero fue muy poco lo que ingirió. Por el contrario, se mantuvo en silencio apenas bebiendo un poco de té “Sabú”, contestando eventuales preguntas, y habiendo renunciado a recibir cualquier novedad, ya que sabía que el acuerdo de sus descendientes había sido no contarle nada de lo que pasara en Lima con el pequeño Desiderio.

Hacia el mediodía grandes nubarrones grises y negros desataron un aguacero intenso, que hizo que el día parezca aquella hora que se besa con la noche, entre claro y oscuro, y fue el momento en que la vigilia comenzó a pasar la factura y el geronto centenario poco a poco fue entregándose a un profundo y reparador sueño, que duraría poco más de una hora.

Lo dejaron solo nuevamente y todos reunidos en la casa realizaron una videollamada para indagar por la salud del pequeño tatara nieto, pero se quedaron en ascuas al conocer que aquellos del juramento Hipocrático, no habían tomado una decisión todavía y que sería necesario esperar unos minutos más para saber lo que estaban decidiendo.

Mientras tanto Desiderio logró por fin contactar con la muerte en medio de su hondo descanso. Estaba nuevamente en la obra del Cañón del Pato, anclado en una de las paredes de piedra, suspendido a unos veinte metros sobre el suelo. No tenía miedo pues antes ya había hecho esa maniobra para poder fijar estratégicas varillas de fierro.

Sin embargo, cuando dirigía la mirada hacia abajo no encontraba a sus compañeros de construcción sino a toda su familia que expectantes aguardaban por su palabra, y al medio de todos ellos el pequeño Desiderio ahogándose en un incontenible llanto de dolor que solo un infante de un año puede expresar.

Metros más allá aparecía la muerte caminando directamente hacia él. Quería hacer algo, pero las cuerdas, arneses y mosquetones lo tenían fijado y le imposibilitaban moverse. Quería gritar, pero sabía que los gritos de las pesadillas no se oyen y más bien solo causan más desesperación y verdadero terror cuando un bulto negro se posa en el pecho para evitar que salga la voz o el aire.

El viejo daba vueltas en la cama y sudaba frío, mientras en la sala el resto de la familia recibía la noticia que los médicos habían decidido operar, y ya habían conversado con los padres del bebé para explicarles todos los riesgos y eximirse de las responsabilidades que una intervención quirúrgica conllevaba.

Temían que el gancho metálico se insertara en las paredes de la mucosa del estómago o en los intestinos y cuan anzuelo filudo comenzara a desgarrar el tejido interno blando de los órganos digestivos causando profundo sangrado que podría devenir en una incontenible hemorragia.

Era necesaria una operación abierta, con harta pérdida de sangre, aplicar anestesia general al pequeño y esperar que todo saliera de manera exitosa, inclusive la recuperación post operatoria. Eso sí, remarcaron hasta en tres oportunidades que no se hacían responsables por las consecuencias negativas, toda vez que a pesar de los distintos análisis y la información de las imágenes no se sabía con absoluta precisión donde estaba el arete.

— Tal vez ya se ha fijado en la pared del intestino y ya ha comenzado el sangrado- les dijo un médico cuarentón, que había sido el primero en abordar el caso y que al parecer sería el encargado de hacer la cirugía.

Los atribulados padres ya habían aceptado el riesgo y se encontraban haciendo el papeleo necesario para que a las dos de la tarde se ejecute la intervención, e incluso ya se había dado la orden de preparar el quirófano número dos para la operación.

En la casa todos seguían con atención los sucesos soportados por todas las ventajas y facilidades que la tecnología ofrece en pleno siglo veintiuno en la que todo puede ser comunicado a miles de kilómetros de distancia con solo presionar un botón.

Desiderio continuaba en su inexplicable sueño lleno de mensajes subliminales. La muerte levantó la mirada y una vez más las miradas de ambos se cruzaron, como lo habían hecho tantas veces en el mundo real y en el mundo de los sueños donde también solían encontrarse de manera eventual, o como en esa ocasión cuando el viejo quería darle un mensaje.

“Voy a tener que rogarle que me lleve de una vez pero que deje en paz al bebito”, pensaba, pero al mismo tiempo se daba cuenta que estaba dentro de un sueño y que tal vez la muerte no fuera a hacerle caso ahora, sino que tendría que buscarla en la vida real.

Cuando de pronto un estrepitoso estruendo ya conocido por él se dejó escuchar, y Desiderio pudo ver como abajo, todos corrían a ponerse seguros en una zona alta, ya que un aterrador aluvión se había desatado por sobre él mismo, que seguía suspendido a seis pisos de altura, y, el agua, lodo y piedras caían y se deslizaban incontenibles como si fuera una catarata y un rio de destrucción arrasando todo lo que encontraba a su paso.

Allí abajo solo habían quedado frente a frente la enteca muerte y el asustado tatara nieto, que sin embargo había dejado de llorar y ahora miraba estupefacto la terrorífica escena.

Llegaron a Huacho, donde los compradores pagaron menos del precio convenido por el ganado, ya que señalaron que estaba en los puros huesos y varios de ellos ni siquiera iban a ser aceptados en el camal. Los arrieros aceptaron de mala gana ya que no tenían otra alternativa, porque era imposible el retorno y se topaban ante la incertidumbre que en Lima pudiera ocurrir lo mismo, si es que acaso el ganado llegaba con vida.

Los tres arrieros se despidieron y emprendieron el viaje de retorno, quedando únicamente Desiderio y su padre en casa del tío Américo por una noche, para al día siguiente continuar la ruta hasta Ancón para vender el resto de las vacas.

De las cerca de trescientas con las que habían iniciado el camino, habían llegado doscientas sesenta y uno a Huacho y las restantes ciento diez de ellas continuarían todavía por varios días, atravesando el desierto y conformándose con el agua salada que podían conseguir del mar, pues ahora la ruta era pegada a la playa.

Desiderio miraba con temor la inmensa masa de agua y por lo menos una vez al día le asaltaban pensamientos negativos al imaginarse que de pronto el mar se saldría de sus límites crecería hasta alcanzar inusitadas alturas para luego devorarlo a él, su padre y su alicaída y moribunda recua.

Las noches eran peores aun, pues el rítmico ir y venir de las olas y el intenso y húmedo frio no le permitían conciliar el sueño. Era entonces que de manera secreta sacaba el papel y el carboncillo que había llevado en su alforja y dibujaba las escenas más impactantes de su travesía alumbrado por la rojiza y tenue luz proveniente de la fogata que hacía para abrigarse e iluminarse.

Avanzaron como sonámbulos por varios días más, y a medida que se acercaban a su destino iban dejando los cuerpos inanimados de los vacunos que iban cayendo uno a uno. Ya ni siquiera se daban el trabajo de enterrarlos o recoger su carne, y continuaban su camino a paso lento y cansino.

Hasta los caballos parecían agotados y en determinados momentos se detenían tercos, empeñados en no querer moverse más, pero era a golpe de chicote que renuentes continuaban con las jornadas de agotador y estremecedor sufrimiento.

“Ringo” había continuado con ellos. Había comida suficiente para él, pues a éste le daban la carne que rescataban del ganado que iba quedando muerto de sed o inanición. A veces lo llevaban enancado en el caballo, pero era la falta de agua dulce el principal problema para todos.

El viejo Adrián estaba a punto de rendirse pues parecía que el desierto era cada vez más grande e invencible, pero llegaron al valle de Huaral, donde descansaron dos días aprovechando el agua y el pasto natural de la zona. Luego emprendieron el último tramo del camino que los llevaría hasta Ancón, donde el tío José los esperaba para comprar los noventa y seis vacunos que llegaron encabezados por “Amoroso”.

Era el martes 28 de julio de 1953, día de la independencia patria, pero que por muchos años sería más recordado como aquel día en que la selección peruana de futbol ganara la Copa del Pacífico ante Chile por un contundente 5-0, con goles de “Toto” Terry, “Tito” Drago y Cornelio Heredia.

También era el cumpleaños treinta y dos de Desiderio, quien ese mismo día decidió quedarse en Lima para ampliar su horizonte de vida, saciar su sed de aventuras y tener un tiempo para cumplir con su irrefrenable deseo de sufrimiento… Continuara…

Fin de la decimotercera entrega
Escrito por David Palacios Valverde

Próxima entrega: jueves 13 de mayo de 2021

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