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El Pishtako

 El Pishtako

Sentada delante de la muela circular del molino, que giraba lentamente con sordo murmullo, La Crispa hallabase sumida en el único pensamiento que la obsesionaba desde la noche aquella que su comadre la chichera Jesusa del barrio de Huarupampa, le había revelado el secreto de los misteriosos degolladores de encrucijada, de los pishtakos, que negociaban con la grasa humana vendiéndola a peso de oro a los señores gringos mineros. ¡La grasa humana valía un dineral! Ella era la que prestaba esa fuerza asombrosa, esa suavidad y esa rapidez al inmenso engranaje de las ruedas de los ingenios, que desmenuzaban el mineral con inflexible y ruda seguridad, zumbando y jadeando, y a veces rugiendo opacamente como si en el fondo de su complicado mecanismo se lamentase un buey oprimido. La grasa, ademas, pensaba la Crispa, rejuvenecía las cosas y a los seres y atraía la fortuna: el dinero llovía por puertas y ventanas en interminables rachas de relucientes moneditas.

Recién ahora, a los sesenta años de edad, la vieja Crispa se explicaba porque había pishtakos misteriosos, y por que, de vez en cuando, se encontraban en los parajes solitarios vientres despanzurrados y cabezas destroncadas. Y luego, esa novedad de los ingenios y mas ingenios y de gentes rubias y barbaras irrumpiendo las desoladas serranías y conquistandolas. Recordaba aun haber contemplado en su niñez, vírgenes y solitarias, todas estas quebradas, páramos y punas, donde solamente se posaba el cóndor y la fugitiva y gentil vicuña detenía su veloz carrera de saeta disparada, invadida ahora por los humos de las plantas metalúrgicas.

¡Quien pudiera lograr siquiera un puñado de esa grasa maravillosa!… suspiraba la Crispa con la mirada de sus ojillos sin pestañas fijas en las desgastadas piedras de su molinito puneño, entre cuya muela y solera se trituraban en ese momento los granos de trigo que caían desde la alta tolva a una abertura central desprendiendo un sutil polvillo que flotaba en el aire empañando una barra de luz solar que se tendía oblicua desde la alta claraboya cubierta de telas de araña empolvadas de harina.

¡Ah viejo molinito de la puna, herencia mantenida, Dios sabe con el sudor de cuantas generaciones! ¿Que cansancio de la materia amortiguaba el girar de sus muelas de granito, trabajosas ahora para la trituración como las desgastadas mandíbulas de un anciano? ¿Acaso el roce incesante de dos de sus caras acanaladas había terminado por inutilizar en ese rudo trabajo de todas las horas?… No bastaba ya para reanimar sus desfallecidas fuerzas el poderoso empuje del grueso chiflón de agua que se precipitaba desde la represa por el oblicuo y angosto canal, sobre el rodezno, que giraba a tropezones en el desnivelado cárcamo, envolviéndolo en una tempestad de espumas y rugidos. Pero el mal no estaba allí, ni en el rodezno, ni en el cárcamo, ni en el canal. Estaba en otra parte.

El caso es que, después de tantas composturas y remiendos, el molino estaba cada dia peor. Era bien sabido por toda la comarca que en tiempos del viejo Churimay, padre de la Crispa, solía moler ordinariamente seis costales de trigo al dia. Una renta codiciable, una verdadera fortuna para la hija que cuando heredó el molino, se vio solicitada por los campesinos con verdadera codicia. ¡Seis costales diarios! ¡Doce reales cada dia, Virgen Santísima!

Cuando se casó con el mayoral de una ganadería, el molino, de buenas a primeras, empezó a aflojar. Primero cinco costales y medio, durante siete años bien contados. Después, cinco justitos, ni una onza más. Por entonces murió el caporal, quedando viuda la Crispa a los cuarenta y cinco años de edad, fea como un huaco despostillado, pero con la hucha (alcancía) bien repleta, según era fama, enterrada probablemente en alguna madriguera de vizcachas.

Transcurrieron doce años durante los cuales luchó la Crispa sin reposo por rejuvenecer su molino, que ya no molía sino tres costales de trigo en las 24 horas del dia. Una ruina completa. ¡Esto si que era peor que la misma muerte! Y en los ultimos dias ¡dos costales, padrecito! – gemía la Crispa.

Pero la revelación de la Susana la había reanimado violentamente. Ahora que el remedio era conocido, solo faltaba el pishtako, y aunque no era difícil encontrar entre tanto indio estupido y hambriento, ella quería , ante todo, asegurarse el secreto. Ese era el gran obstáculo.

De repente lanzó un grito de lechuza que emprende el vuelo:

—¡Eso es! ¡Eso es! ¡Ah, tonta cabeza que no se acordaba del hombre señalado para semejante aventura, de su eterno y despreciado novio, del piojoso «Cabeza de asno» (Ashnupapeckan), el picapedrero de la Quebrada Honda, a una legua del molino, perdido entre las breñas, solitario y roído por sesenta años de vida de paria, como un zorro sarnoso, capaz de todas las bestialidades de su estúpida rudeza montaraz.

Cerró precipitadamente la desvencijada portezuela del molino y emprendió la ascensión de aquellos flancos andinos, infatigable y menuda como una comadreja.

Cuando llegó a la cuenca de una basáltica vertiente, donde tenía su cabaña Cabeza de Asno, le vió a horcajadas sobre una roca taladrandola a golpes de comba que perturbaban la mudez soberana de aquel paraje agreste con un partinaz chac-chac, semejante al grito de un gigantesco pájaro herido.

Arriba, entre la vibrante radiación, ardía el Sol, padre y Dios de la raza, sobre un mar de nubes cúmulos precursores de lluvias, que coronaban las nevadas cresterías de la Cordillera Blanca, y abajo, por las laderas calcinadas y en las que surgió apenas una rala y silvestre vegetación pajiza, huían las perdices balanceando sus redondos cuerpos sin cola y teniendo sus largos cuellos de plumaje bermejo.

Dos perros, de famelica estampa, corrieron hacia la Crispa ladrándole, con los pelos del lomo erizados y las babosas fauces abiertas. Ella se defendió a pedradas, y cuando Cabeza de Asno la reconoció, desmontó rápidamente de la roca y corrió a su alcance, gritando a los perros:

—¡Shu bestias, shu!

Se saludaron congiendose de las manos, y como Cabeza de Asno, la mirase sorprendido de la visita, ella le explico sonriéndole con su jeta arrugada:

—Si supieras a lo que vengo… Pero déjame descansar. Me ha fatigado la cuesta.

Se sentó en el suelo a la sombra que proyectaba la enhiesta ladera del basalto. Cabeza de Asno se sentó en cuclillas a su lado, contemplandola con una especie de veneración, como a un ser superior y bien alimentado, que posee muchas monedas enterradas en algún vericueto, y colocada fuera del alcance de sus manazas de hambrón.

La Crispa empezó a lamentarse, suspirando de rato en rato, de la amenaza que se cernía sobre ella, de su próxima ruina, de su completa soledad que despertaba los instintos codiciosos y asesinos de sus parientes; de su vejez enfermiza; de la necesidad de encontrar un compañero…

—¡Ay, oro fino, si tu supieras!

Cabeza de Asno, que la escuchaba partiendo distraídamente entre sus dedazos una lasca, dijo, después de pensarlo:

—Eso no te ha de faltar. De tí depende…

Entonces la vieja Crispa se lo propuso de golpe:

—Tu seras mi marido, oro fino, ¿quieres?

Toda la caraza sucia y espinada de Cabeza de Asno se contrajo con un gesto de estupor ante este inesperado don de la fortuna, que, sin haberlo siquiera sospechado, venia de pronto a caer entre sus famélicas fauces de lobo hambriento. Se levantó lentamente, dudando de tan inaudita felicidad:

—¿Hablas de veras, Diamante?
—-Si, señor de mi casa. Pero escucha primero y complaceme… Tienes antes que ayudarme a encontrar lo que me falta para curar mi molino y volverlo nuevo… para que muela como cuando vivía mi padre, doce costales cada día.

Cabeza de Asno que la escuchaba atónito sin perder una sílaba, preguntó:

—¿Qué te falta?

La vieja se le arrimó y en voz muy baja, no obstante la enorme soledad que los rodeaba, le dijo al oído:

—-Grasa de hombre.

Cabeza de asno la miró inquieto, luego se repuso y se explicó inmediatamente la resolución matrimonial de la vieja.

Cuchichearon largo rato. La Crispa le dijo de que parte del cuerpo debía ser la grasa; y le contó enseguida como sabia ella que los gringos la empleaban en sus grandes máquinas de triturar y beneficiar minerales, y le halagó diciendo cuán felices serían una vez casados, con el molino rejuvenecido dándoles doce reales diarios ¡Doce reales!

Se hizo el trato.

Cabeza de Asno cogió entre sus gruesas manos de piel de lagarto las sarmentosas de la Crispa, y se quedaron en silencio pensando en el negocio, mientras lo dos perros dormían estirados al sol, con las costillas salientes bajo la sucia pelambre, encima de la capa de lascas que cubría el suelo.

Aquella noche, plateada por la nitidez lunar de la Jalca, Cabeza de Asno asesinó, de un solo y certero golpe, a un indio retrasado de las minas que atravesaba la bravía cañada desprevenido, silbando un yaravi y que cayó muerto sobre el musgo y los liquenes. Allí mismo lo degolló como a una res y extrajo codiciosamente la grasa de las entrañas. Desde una eminencia vecina la Crispa, de atalaya, le gritaba de rato en rato:

—¡No hay nadie. No hay nadie. Sigue, sigue!

Luego la vieja Crispa, con todo su viejo y siniestro aire de bruja, y el estúpido Cabeza de Asno, huyeron por entre los riscos, abandonando el cadáver, de regreso al molino, del que estaban apartados más de una legua.

Todo el paisaje desolado de la serranía andina se hallaba como sumido en un gran sueño, bajo el inmenso silencio que caía desde las profundidades del cielo, que parecía más alto sobre la altura de la cordillera, envolviendo en una paz muerta las grandes quebradas y las agrestes planicies; todo tan silente, tan solitario y tan espaciado que se oía el sordo y eterno trabajo del agua filtrándose en la tierra y resquebrajando sus flancos y taludes arcillosos en la gigantesca obra de transformación geológica.

Amanecía, cuando Cabeza de Asno y la Crispa llegaron al molino. Abrieron el oxidado candado que cerraba la puerta, y allí se quedaron un rato inmóviles, cara a cara, débilmente iluminados por la luz del alba, que iba adquiriendo paulatinamente una encendida coloración rosa hacia el oriente.

—Dame la grasa murmuró la Crispa. Y cuando recibió el húmedo puñado adiposo, sintió en lo más hondo de su ser una tan grande felicidad que estrechando su cuerpo de sabandija al de Cabeza de Asno, cuya cara parecía más alargada y más estúpida le dijo desfallecida:

—Mañana iremos, oro fino, donde el señor cura para casarnos.

Y luego señalando el molino y el campo vecino:

—¡Todo eso es tuyo y mio y de nadie más!

Hubo un silencio.

—Ahora corre, oro fino, corre a cerrar la compuerta… Vamos a curar nuestro molino

Fue un solo abrazo tardo y melancólico, como un pacto resignado, el que los unió allí, a la luz del alba que ya esplendía en una glorificación firmamental sobre la crestería nevada de la Cordillera Blanca, que cubría con una acumulación de cegadora blancura, a los rayos del sol naciente, toda la ancha extensión del oriente.

Allí es donde al fin se miraron frente a frente, estrechamente ligados por el crimen inconsciente, apáticos y taciturnos, como marido y mujer, con los ojos porcinos empañados por el cierzo andino que soplaba entre el pajonal produciendo un intermitente silbido de violines.

En la cumbre de un cerro apareció, empequeñecida por la distancia, una vicuña, cuya esbelta silueta se dibujó con nitidez sobre el fondo deslumbrante de la nieve. Indagó en el horizonte, desapareciendo en seguida con un movimiento de fuga, esquivo y gentil. Entre las grietas de los taludes y entre las rocas de las laderas, las vizcachas tomaban su baño de sol, con el plumero de la cola enarcado sobre las largas orejas erectas.

Mas abajo en el fondo de la gran quebrada, un cendal de niebla se arrastraba por entre los arbustos espinosos y los cactus erguidos como serpientes, y en el confin cerúleo aparecían ya las primeras manchas brumosas de una plantación metalúrgica recientemente instalada, cuyas altas chimeneas expelian bocanadas del humo envenenado de la civilización invasora

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