Desiderio, el hombre que se cansó de burlar a la muerte (decima entrega)

 Desiderio, el hombre que se cansó de burlar a la muerte (decima entrega)

Continuamos con la decima entrega del cuento del cuento “Desiderio, el hombre que se cansó de burlar a la muerte”, gracias a la cortesía de su autor David Palacios Valverde

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Decima entrega

Cuando Desiderio regresó a Pampas lo hizo en silencio y con mucho cargo de conciencia. Abrió la envejecida y ruidosa puerta en la que años atrás lo había recibido la abuela Emilia como una niña, colgándose de su cuello, pero esta vez, no había algarabía y hasta los perros lo recibieron en silencio, apenas moviendo la cola para dejar en claro su lealtad y cariño.

Con esfuerzo se quitó la alforja, pues llevaba un cabestrillo en el brazo izquierdo, la soltó en el patio en el que la vaca se quedó mirándolo, como reconociéndolo; él se quedó intrigado por el silencio que se respiraba en el hogar. Las gallinas también lo miraban curiosas y no faltó alguna de ellas que cubrió con sus alas a sus pequeños polluelos.

Por fin, una mujer salió del cuarto de la mamá Emicha con una tina de agua con trapos mojados. Se sonrieron en silencio, y la mujer le habló con voz muy baja:

—La abuelita está mal. Dos días ya está con fiebre, por eso han ido a buscar al curioso y hierbitas para hacerle sentir mejor. Le duele mucho su pacha, dice- y ante el silencio de Desiderio continuó -Tu papá se ha ido a Casma llevando las cositas y va a tratar de traer remedio también para la mamita…-

Desiderio, sin responderle entró de prisa a la habitación oscura donde se encontraba postrada la abuela. Al abrirse la puerta la luz iluminó la modesta habitación en la que solo había una cama metálica con muchas frazadas, ponchos y cobertores, junto a ella, había una silla de totora sobre la cual reposaba una taza de mate humeante. La ventana estaba cubierta con un grueso pañolón negro que dejaba la habitación totalmente en penumbras.

El piso rústico había sido limpiado recientemente y el olor a tierra mojada se percibió inmediatamente. Las paredes blancas comenzaban a resentir el paso de los años y se tornaban de un color amarillento, y el ambiente en general parecía pertenecer a otro tiempo.

Por primera vez en su vida, Desiderio vio a su abuela como lo que era, una venerable anciana con un rostro encajado de arrugas, y esta vez, prácticamente sin dentadura. La extensa cabellera plateada bordeaba el rostro cansado de la viejecita, que tenía colocadas en las sienes hojas remojadas de llantén para reducir la fiebre y el dolor.

Ella vio a Desiderio a contraluz y tuvo miedo. No sabía que el nieto había regresado, ni siquiera sabía a ciencia cierta si es que estaba aún con vida, ya que la noticia de un gran derrumbe en el Cañón del Pato había llegado hasta sus oídos. Entonces cuando lo vio entrar rápido pensó que era su alma que venía a despedirse de ella, o a pedirle que le acompañe. Pero a los pocos segundos se dio cuenta que no se trataba de un espectro por el vendaje en el brazo y la barba sin afeitar de una semana.

Pasada esa primera impresión, el joven reposó su cabeza a la altura del vientre de la abuela y ella comenzó a acariciarlo con sus delgadas manos blancas cuyos dedos y palmas se encontraban completamente heladas. Desiderio de rodillas frente a la cama le hablaba como si se hubieran dejado de ver un par de horas y no un par de años.

— Casi me he muerto, má… –
— Tú siempre estás por morirte y siempre sales caminando – respondió la anciana con una nueva voz que denotaba vitalidad recuperada y una risita de complicidad.

El joven comenzó a contar con detalles su aventura recordando especialmente el momento en que la masa de piedras y tierra se habían desprendido desde lo más alto del cerro durante las obras de colocación de los anclajes en la construcción de la hidroeléctrica. No había sido suficiente aumentar la cantidad de cemento en las mezclas, poner más piedras de soporte o forzar a toda potencia la maquinaria pesada, la naturaleza no se dejaba vencer.

En no pocas ocasiones habían visto como el esfuerzo de varios días se desmoronaba en pocos segundos. Resultaba muy complejo para los ingenieros comprender el motivo por el cual el fierro enclavado a profundidad en la roca y recubierto por concreto se desprendía con total facilidad a penas transcurridos pocos minutos.

No habían funcionado todas las técnicas aprendidas en las mejores universidades norteamericanas y nacionales, ni la vasta experiencia de los hombres en obras de igual o mayor complejidad que cuya forma de abordaje no se acercaba al problema que estaban afrontando.

Esos anclajes eran el centro gravitante sobre el cual se continuaría la construcción de la obra, y ya se tenían cinco meses de retraso con el consiguiente malestar de los directivos de Lima y la desmoralización de la tropa laboral.

 Inge, hay que hacerle caso a los hombres que la vez pasada han querido hablar con los jefes – insistía Braulio Figueroa cada vez que veía al joven ingeniero que les había cerrado la puerta en la cara semanas atrás, y recibía por respuesta el rostro adusto y un gesto grosero con la mano.

Ante la parálisis de la masa humana que estaba a la espera de la colocación de los rieles y los cables de acero que serían el canal para transportar el material y las herramientas para darle la velocidad sostenida e intensa que la obra demandaba, la Corporación Peruana del Santa había decidido, semanas antes, licenciar ya a más de mil obreros, y dar una suerte de vacaciones a otro tanto similar. Quedaban alrededor de quinientos hombres laborando aun y se habían concentrado en un solo campamento.

Así fue que la madrugada del último sábado de noviembre, los ingenieros gringos habían llegado al campamento antes de la salida del sol, como nunca antes lo habían hecho hasta entonces.

Hablaron y hablaron, algunos con su español mordisqueado aprendido en los varios meses que llevaban en el país preparando y ejecutando el proyecto, otros necesitaron la ayuda de un traductor que más bien parecía transmitir sus propias ideas y no lo expresado por el orador. Hasta que al final habló quién era el jefe máximo, el ingeniero Jeremiah Shugall, con un español perfecto que llamó la atención de los obreros, que además lo veían por primera vez.

El mensaje era claro y sencillo. Se necesitaba catorce voluntarios para hacer trabajo de alto riesgo en una zona elevada que conllevaba mayor peligro del que estaban acostumbrados en las labores habituales. También entre líneas dejó muy claro que si no se lograba ese objetivo las posibilidades de que la obra continuase eran muy pocas.

Ya se había perdido mucha plata y bastante tiempo en algo que en Lima comenzaba a percibirse como un proyecto mal formulado por un sabio que había destacado principalmente en el campo teórico, más no así en el diseño y ejecución de obras. Gran error, ya que la historia demostraría que Santiago Antúnez de Mayolo se convertiría en el creador de las obras más monumentales de ese tiempo: las hidroeléctricas que iluminarían el país por los próximos cien años.

Allí estaban los catorce voluntarios con cascos y arneses que les proveían la seguridad necesaria, pero al mismo tiempo cierta incomodidad para maniobrar, no estaban acostumbrados a ese equipamiento especial que se había traído para esa operación.

De la cuadrilla se habían ofrecido Desiderio y dos experimentados obreros, que años antes habían trabajado en la perforación de los túneles del ferrocarril, también se sumó Braulio Figueroa y el grupo se completó con otros diez de las otras cuadrillas.

Esa misma fría mañana después del desayuno comenzaron con el trabajo que avanzó a buen ritmo durante los tres primeros días, ante el beneplácito de directivos y obreros que pensaban que al fin lograrían doblegar la resistencia de la naturaleza.

         Hasta el propio Braulio Figueroa se mostraba muy optimista y conversaba arengando a los suyos.

— Les voy a relatar lo que siempre decía Simón Bolívar – contaba en el momento que el grupo tomaba un descanso, algunos incluso suspendidos en el aire asegurados por unas cuerdas – él, en los peores momentos cuando estaba cruzando el páramo y sus tropas morían e iban cayendo uno a uno o cuando hubo un terremoto en su tierra decía “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca” … así nosotros creo que también vamos a ganarle-

— Hay que esperar todavía, don Braulio- respondieron algunos de los veteranos obreros – no va a ser tan fácil… falta mucho. Este cerro está molesto, resentido por algo y tenemos que pagarle…-

Aquella noche los hombres durmieron poco, incluso el mismo Desiderio fue asaltado por sus constantes pesadillas que habían dejado de perseguirlo por algunas semanas. Nuevamente volvieron a su sueños las imágenes del aluvión, la guerra, el pishtaco, el mar de Casma.  Despertaba sudando y escuchaba lejanamente que los hombres conversaban en voz baja, expresando preocupación y dudas.

Después se quedaba dormido nuevamente por algunos minutos más y tenía sueños placenteros sobre su infancia en Pampas, sobre su abuela contándole las historias de los toros de Kárak y Bombón, y la aparición maravillosa de la china Cordero…entonces era que su subconsciente le recordaba uno de los principales motivos de su abrupta salida de Pampas y entonces pensaba en el hijo que no conocía y en Alelí, su cuñada que también ahora era su mujer y sobre la idea de tener que regresar algún día y afrontar ese entuerto.

Despertaba sudando frio y otra vez escuchaba que los hombres seguían conversando de la necesidad de conseguir algunas personas solas, tal vez en Caraz o en alguno de los pueblitos olvidados en la ruta del trencito Chimbotano.

— En Caraz hay un soncito, que vive en la calle, tomando su alcohol- decía el más joven del grupo.

— Uno no va a ser suficiente – respondió otro

 — Yo he visto un chino viejo, que anda como loquito en Huallanca – terció desde el fondo de la oscuridad una voz ronca.

Desiderio giró, se tapó con su poncho y quiso conciliar el sueño nuevamente, tratando de ignorar la conversación que no se detuvo sino hasta que el silbato de inicio del día comenzó a sonar.

Venus todavía podía verse en lo alto del cielo gris, pero ya con un fulgor casi de despedida, pero nunca había tenido ese color rojizo tan extraño, como si sangrara en aquel alba. Minutos previos a ello, todos habían escuchado el canto singular y no deseado de un ave de mal agüero.

Esa día era crucial para el avance de la obra, y los ingenieros llegaron al promediar las siete de la mañana. Los gringos tratando de hacer bromas, pero solo se encontraron con una pared de silencio más firme que las escarpadas rocas que pretendían taladrar.

A pesar de la neblina que aún no había desaparecido, comenzaron los trabajos con un mal presentimiento, pues antes de despuntar el alba, habían escuchado el canto lúgubre y lastimero de la paca-paca, esa avecilla misteriosa que tiene la capacidad de percibir el olor a la muerte antes del hecho fatal, haciéndose presente en el lugar donde va morir la persona, y cuando ésta fallece, canta por última vez y después, no se le vuelve a escuchar.

Trabajaron sin descanso hasta la hora del almuerzo, y las cosas iban firmes y con avance positivo. En su pequeña e improvisada oficina, los ingenieros celebraban por adelantado el hecho que, por fin, la pieza de ingeniería comenzaba a tomar forma, y que por fin esos anclajes serían fijados profundamente en la renuente roca.

Después de la comida, los voluntarios decidieron descansar unos minutos más debido a que inusualmente para la época el calor de las dos de la tarde todavía seguía soporífero. Incluso Braulio Figueroa, había decidido dar una pestañada, pues la noche había sido larga y el trabajo fuerte.

El nieto pasó cerca de una hora contándole a la abuela los detalles de esa tarde aciaga. La anciana con los ojos cerrados y dejando derramar cada cierto rato una salada lágrima que discurría hasta su boca, iba recorriendo en su mente las imágenes que con toda claridad le describía Desiderio.

Podía percibir la dureza de las rocas, el clima seco y bochornoso de la yunga ancashina, los rostros cobrizos y sudorosos de la mayoría de obreros, los gritos de las instrucciones para usar taladros y cinceles y hasta el sonido de las tonadas que nerviosamente silbaban quienes hacían las maniobras más peligrosas de la misión.

De pronto la anciana abrió los ojos y cortó el relato de manera abrupta.

— Tienes que ir donde la familia Cordero. Tienes que asumir tus responsabilidades. Además de la platita que has mandado, yo he estado viendo por esos niños, pero más que eso, necesitan a su papá, y tú tienes que aclarar bien tus asuntos con las dos hermanas. Yo te he criado para ser responsable siempre… así que ahorita mismo te vas para allá y regresas ya con todo arreglado -.

— Si, má. Justo he venido pensando en eso.

— Apura, apura. Hasta que regreses voy a mandar pelar una gallina y poner agua para que te bañes…-

Y fue así que Desiderio, sin quitarse aun la ropa con la que había llegado del largo viaje, emprendió nuevamente, como cuando regresó de la guerra, ese caminito corto y pintoresco que había atravesado muchísimas veces en su época escolar y en los dos años previos a marcharse a ser constructor en el Cañón del Pato.

Marchaba con los nervios consumiéndole las entrañas, pero no podía evitar de momento en momento dejar escapar una sonrisa por la alegría que tenía de ver a las dos mujeres que amaba y que además le habían dado un hijo cada una.

Se detuvo un momento a contemplar la casa de la familia Cordero, que lucía algo descuidada, pero se notaba gran movimiento en ella. Pañales recién lavados colgados a secar con los rayos del sol, algunas siembras menores detrás de la pirca, y algunas gallinas y borreguitos procurándose alimento, escarbando la tierra o rumiando el verde y fresco pasto.

Llegó hasta la puerta sin contratiempos, puesto que los bravos perros guardianes lo habían reconocido y hasta se habían dejado acariciar por la única mano que Desiderio tenía libre. Antes que golpeara, Amador Cordero le abrió la puerta, puesto que el alboroto de las gallinas y corderos le habían alertado.

— Buenos días don Amador – saludó Desiderio

— Buenos días, señor Alegre – respondió el viejo hombre en tono cortante. Luego siguió de largo fuera de la casa, incluso ignorando la mano extendida que ofrecía un protocolar saludo.

El joven entró en la casa y encontró a la señora Cordero afanada en los quehaceres de la cocina. Esta lo saludó con mejor talante que el viejo Amador.

— ¿Con quién has venido a hablar? ¿con la mayor? ¿con la menor? – luego movió la cabeza de un costado a otro y se fue a la parte interna de la casa. Unos segundos después salió con Manuel, el hijo mayor de Desiderio tomado de la mano.

El niño de casi cinco años de edad, saludó al extraño, rígidamente obligado por la abuela, pero rehuyó a la muestra de afecto que su padre deseaba prodigarle. Abuela y nieto salieron de la casa, como para darles a Desiderio y las hermanas Cordero el espacio suficiente para que pudieran conversar y solucionar ese triángulo que había golpeado los cimientos de la familia y de la idiosincrasia del tiempo y el lugar.

Al verlas, Desiderio volvió a confirmar su amor…por ambas. Estaba enamorado de su china Azucena desde el primer momento que la vio hace ya más de una docena de años, pero también estaba la cuñada Alelí, a quien había visto crecer y despertar en una madurez de fruto silvestre, carnoso, apetecible, pero difícil de cosechar.

Con esta última las cosas habían sido como un remolino desde aquella vez del retorno de Desiderio a reconocer a su hijo mayor. Desde entonces, éste de manera corajuda y recordando el beso dulce que le había robado a la muchacha tiempo atrás, se había animado a lanzarle los perros del corazón y a cogerla por la cintura a pesar de la negativa de la moza, pero que al mismo tiempo dejaba migajas para que el hombre no pierda el rastro hacia la consumación.
                 Cuando ambos se enteraron que ella estaba gestando se suponía que era el mejor momento entre él y Azucena Cordero, incluso habían hablado de tener un segundo hijo y construir una casita blanca con techos de teja andina,  para estar solos, lejos de don Amador o doña Emilia.

Sin embargo, una tarde de abril en la que el destino se había confabulado para dejarlos solos, Alelí había cedido a tanta insistencia de las miradas, coqueteos y besos furtivos de Desiderio.

Era un atardecer lluvioso apenas pasada la semana santa, justo el primer martes posterior a ello, cuando el hombre, la cogió por la cintura a la espera de los golpes y la resistencia femenina que ya se había hecho habitual ante cada fogosa arremetida. Él siempre la buscaba así, como para lo que el gallo busca a la gallina, y esta vez no hubo la habitual resistencia.

 Allí estaban los tres, reunidos por primera vez. Las miradas huyentes y no increpantes, pero luego de cuarenta y dos minutos de charla a puerta cerrada, los tres convinieron en una forma de convivencia que solo ellos supieron comprender y sobrellevar sin conflicto y más bien con armonía al paso de varias décadas más.

         Tal vez fue un discurso indiscutible el que Desiderio pronunció, tal vez fue que las mujeres tuvieron lástima del hombre de cabestrillo y cabeza herida, tal vez ya habían decidido hacía mucho tiempo aceptar el triángulo, tal vez fue la procura de seguridad para sus hijos, o tal vez simplemente era que ambas amaban sentirse amadas por el hombre amado.

Lo cierto es que durante los siguientes cinco años que Desiderio permaneció en Pampas, nacieron los siete hijos adicionales de la prole de casi una decena de vástagos. Los nueve hijos Alegres vivieron juntos en la casa de las Cordero, muchas veces confundidos entre sí, lo que hizo que tal vez en algunos casos los sobrinos se quedaran confundidos como hijos y los propios retoños como hijos de la hermana.


El derrumbe comenzó con un atronador ruido que hizo evocar a Desiderio el aluvión del año 41. Las rocas comenzaron a golpear a sus compañeros mientras él sentía que el suelo sobre el cual estaba parado se deslizaba y al levantar la mirada solo alcanzó a ver y sentir más y más rocas que se desprendían del cerro hasta llegar a la pared contraria y formarse un cúmulo estructural que lo dejó sepultado junto a tres hombres más y tres cadáveres. La noche llegaba impasible y cubría la tragedia con su manto oscuro.

Un golpe en la cabeza había causado que Desiderio pierda el sentido por al menos un par de horas. Una vez más, y sin proponérselo se escapaba de la muerte, mas no así el compañero de trabajo al que conocía como “el trujillano” cuyo cuerpo ahora yacía inerte a su lado y otros dos que no alcanzó a identificar por lo dañado de los cuerpos.

Aturdido, desubicado en tiempo y espacio y con el horror de distinguir muertos en una suerte de cueva, imaginó que todo lo que le había pasado era un sueño y en realidad se encontraba en la cueva en la que el pishtaco degollaba a quien tuviera la mala fortuna de cruzarse en su ruta. Comenzó a llorar de forma incontenible.

Braulio Figueroa lo abrazó, le explicó la situación y lo consoló como a un hijo. Desiderio se refugió en él, como recibiendo todo el amor del padre ausente durante tantos años y la necesidad de llorar amargamente por todos los golpes que le venía dando el destino, una y otra y otra vez, y, con la pendeja, como él le llamaba, siempre detrás de sus pisadas.

Fue una noche larga. Las labores de rescate apenas habían durado una hora más, hasta que fue imposible por la oscuridad y la falta de ideas para poder remover las pesadas rocas, además de la casi generalizada creencia que ya no tenía objeto esforzarse puesto que consideraban imposible que quedaran sobrevivientes.

Braulio Figueroa organizó lo poco que había, la escaza cantidad de agua que cargaban en la cintura, la luz de su casco que tenía las horas contadas por la carga de las pilas, alguna herramienta que había sido sepultada con ellos y que serviría para hacer ruido y dar a conocer que aún estaban vivos, y reubicar los despojos humanos destrozados por la furia de los golpes de las rocas.

Cuando Desiderio despertó no solo sintió un terrible dolor en la cabeza, sino que su brazo izquierdo no respondía a su voluntad y un profundo dolor se dejó sentir hasta sus tuétanos. Se turnaron para dormir, para estar atentos a cualquier novedad del exterior o para rezar por los compañeros allí depositados junto a ellos.

Otro hombre lloraba y gritaba de dolor con todas sus fuerzas, pues tenía la tibia con fractura expuesta y sangrante, además de costillas fracturadas a causa del golpe de una roca en el pecho. Esto hacía que cada vez se le hiciera más difícil respirar.

Por más que hicieron por contener la hemorragia, y ayudarle a respirar, tuvieron que conformarse con cerrarle los ojos.

— Cuídate, mi papi lluncu – había dicho el hombre al momento de expirar. Antes del primer amanecer, cuya luz alcanzaba a filtrarse, dándoles la seguridad que el aire y la esperanza estarían presentes hasta el final, se conformaron con cerrarle los ojos y despedirlo.

Era un joven blancón, achinado, gordo y de cabeza redonda que se había vuelto un gran amigo de Desiderio en los últimos meses, con quien habían logrado afianzar un nivel de amistad, confianza e intimidad como si se conocieran de toda la vida. O tal vez se habían conocido de toda la vida, o de otras, y no eran conscientes de ello.

— Descansa en paz, chinito- dijo Desiderio al terminar el rezo por el alma de los caídos en ese intento por domar a la naturaleza… – Dios te guarde y te tenga a su lado, chinazo. Un gran hombre, un gran amigo. Hasta luego, nada más, para volver a comer nuestro chocho y tomar nuestras chelas, escuchando tus bromas y disfrutando tu gran calidad de ser humano – había continuado, recordando las veces que habían ido a Huaraz durante sus días libres.

Racionaron el agua al máximo, pero cuando habían pasado las siguientes veinticuatro horas y no había señal alguna de labores de rescate, cayeron en la amarga conciencia que solamente les alcanzaría para un día más, luego de lo cual, se quedarían sin nada para alimentarse y beber.

El calor era soporífero y las horas pasaban muy lentamente llegando a desesperarlos. Oscuridad, temor, sudor, olor a muerte, recuerdos y más recuerdos de todas las veces que le había tocado sufrir una y otra y otra vez, las vicisitudes de un destino cruel que hacía que no tenga una vida sencilla, y permanentemente en un cuarto de siglo de vida hubiera tenido que pasar más desgracias que cualquier ser humano.

Comenzó a pensar que estaba pagando alguna deuda con su pasado o pagando los pecados de la familia, o que la muerte había decidido perseguirlo por todos los confines del mundo, al sentirse burlada por todas las ocasiones en las que ya debía haber tomado su vida y que él había salido victorioso, aun sin proponérselo.

No quiso llorar porque sentía que debía mantener la calma para no desesperar a sus compañeros. Sin embargo, a pesar de todo el esfuerzo que hizo, no pudo.

Braulio Figueroa lo escuchó llorar como un cachorro, doblado en forma de un caracol, echado sobre el suelo pedregoso, mientras el tercer sobreviviente dormía, ya que no tenían idea clara si era de día o era de noche, ya que la línea de luz que tenían, en algún momento se había tapado. El viejo hombre solo se le acercó y en una palabra le volcó todos sus años de sabiduría y también de rabia contenidas.

—Levántate-

Desiderio lo miró y solo pudo distinguir una tenue luz del casco, pero había mucha más luz en los ojos del hombre que ahora lo animaba a seguir, cogiéndolo del brazo y ayudándolo a incorporarse. Levantaron al tercer hombre y abrazados rezaron y oraron por su vida y pidiendo una nueva oportunidad para volver a ver a los suyos.

Después de eso Braulio Figueroa, volvió a hablarles con firmeza.

— Si nos vamos a morir aquí, tiene que ser peleando. Vamos a dar el resto, mientras nos queden energías-

Así que, desde ese momento con mayor ahínco, superando los dolores de las heridas del cuerpo y del alma, trataron de mover las pesadas piedras y hacer todo el ruido posible.

Al cabo de cerca de una hora comprendieron que lo único que estaban logrando era terminar con las pocas energías que les quedaban o consumir el cada vez más enrarecido oxígeno. Desmoralizados se sentaron a contarse sus más íntimos deseos y sueños, pero sobre todo los inmediatos anhelos a cumplir si lograban salir de esa tragedia.

 Durante las sesenta y seis horas siguientes que permanecieron allí, hablaron mucho, durmieron, lloraron, se desesperaron cuando la luz de la linterna del casco de Braulio Figueroa se extinguió de manera definitiva, como presagio de lo que podía pasar con sus vidas.

Desiderio les había contado de las veces que ya se había escapado de la muerte desde su nacimiento, ante el asombro e incredulidad de los otros hombres, pero había tenido que suspender su relato en varias ocasiones puesto que el dolor en el brazo inflamado se hacía cada vez más intenso y difícil de soportar, además de un ligero dolor en la cabeza que había permanecido desde el primer día.

También les había contado sobre sus amores con las hermanas Cordero y de los hijos que tenía ya con ambas, aunque no conocía al menor de ellos. Este relato había despertado mofas al inicio y consejos de vida luego.

—Tienes que salir de acá, por tus wambras – había sentenciado Braulio Figueroa, y los animó a levantase y seguir echando las últimas energías en un último intento por salir de esa cárcel de piedras que también podía convertirse en su tumba.

Sin embargo, solo hubo oscuridad y silencio, Ya sin agua, y con los ánimos caídos, comenzaron a pensar en que todo acababa allí. Ya habían pasado varios días y no se percibía la menor señal del exterior. Se convencieron que ya no los estaban buscado porque era imposible que, en tantos días, habiendo tantas manos no se oyera al menos un indicio de trabajos de búsqueda y rescate. Oscuridad, total oscuridad.

Aunado a ello, el olor a putrefacción de los ahora cinco cadáveres hacía cada vez más insoportable y desesperante la situación, y el ensordecedor silencio previos al final, pues cada hombre había decidido aislarse en un rincón para caer por falta de líquido. En eso, Desiderio la vio. Allí estaba nuevamente ella, gorda, maquillada, con su vestido blanco, y esta vez caminando decididamente hacia el tercer hombre en el encierro.

“¿Cómo la puedo ver, si todo está en tinieblas aquí?” se preguntó en sus pensamientos “no puedo estar alucinando porque yo no sé dónde están los otros” siguió pensando, al tiempo que, sacando las últimas fuerzas de flaqueza, lograba ponerse de rodillas y haciendo un gran esfuerzo con la mirada distinguió a Braulio Figueroa, sentado en el suelo, apoyando su espalda sobre la pared rocosa, con la cara entre las rodillas y abrazando sus piernas con sus manos entrelazadas.

— ¡Don Braulio! – alcanzó a decir desgañitándose con las últimas fuerzas que le iban quedando.

El hombre alzó la mirada y Desiderio alcanzó a verle el blanco de los ojos lánguidos.

“¿Como puedo verle ahora a él?” se preguntó y después de breves segundos cayó en total conciencia.

—Don Braulio, levántese, hay luz, ¿puede ver? –

Y fue entonces que los dos hombres alzaron la mirada y encontraron un pequeño haz de luz que daba luz a la caverna, y además dejaba apreciar polvo cayendo. Era señal que había trabajos allá arriba. No los habían abandonado.

Se levantaron e hicieron todo el ruido que pudieron, con las últimas energías desde lo más profundo de su ser, aferrándose a la vida en su momento de mayor extenuación y debilidad, cayendo incluso desmayados después de ello. Primero fue Braulio Figueroa, y a los pocos segundos el propio Desiderio que no alcanzó a ver el momento en el cual varios hombres lograban remover una pesada roca plana del tamaño de un carro.

Al final el hombre terminó diciéndole a las madres de sus hijos que había abandonado la obra porque al regresar una semana después de haber pasado revisión médica y descanso mental en el mismo hospital en el que años antes había ayudado a llevar heridos y había conocido al Presidente Prado, se había topado con algo horroroso que no podía contarles.

Las mujeres no reprocharon la decisión de Desiderio de abandonar un trabajo que le redituaba importantes ingresos para la familia. Preferían tenerlo en casa, ayudando o reemplazando al viejo Amador que cada vez sufría más al levantarse cada mañana para ir al campo, a estar con sus hijos.

El pequeño Manuel ya casi de cinco años no recordaba al padre y crecía teniendo como imagen adulta a las tres mujeres de la casa y a la abuela Emilia que lo visitaba siempre y que no perdía la ocasión de llevárselo a pasar un fin de semana con los suyos. El menor de ellos, aun bebé fue llamado Amador en honor al abuelo.

Desiderio regresó a su casa con paso lento, recordando la mañana en que él y Braulio Figueroa regresaron al campamento de la obra y fueron recibidos entre aplausos como héroes que habían logrado sobrevivir más de cinco días enterrados, sin alimento, sin agua, sin luz y con los cuerpos de compañeros fallecidos.

Ellos iban a tener unos días de descanso y recuperación, principalmente Desiderio que tenía una luxación del codo izquierdo. Sin embargo, ellos habían decidido quedarse, porque estaban muy preocupados por el fracaso en las obras.

Durmieron como siempre lo habían hecho, en sus petates junto a los demás hombres. La celebración había durado un par de minutos pues había más tristeza por los compañeros caídos.

Los ingenieros norteamericanos habían desaparecido por arte de magia y eran los residentes nacionales los que ahora conducían el proceso. Ahora con una espada de Damocles en ciernes estaban recurriendo a todas las medidas posibles para sacar adelante el proyecto. En esa línea, habían escuchado y accedido a lo que los más veteranos habían propuesto.

Fue así que, al reiniciarse la obra, se pudo apreciar un inusual movimiento. Susurros, miradas cómplices y muchos obreros haciendo poco o nada por la obra. Pero el día continuó cansino y sin mayor avance hasta que al caer el crepúsculo los hombres regresaban rápidamente.

Desde su sitio de reposo, Desiderio observó que un grupo de obreros llevaban envueltos en sacos de tocuyo lo que parecían ser cuerpos humanos que se movían con desesperación. A pesar del cabestrillo se incorporó y los siguió de lejos.

El día estaba entre claro y oscuro y curiosamente en la parte alta de la obra, en el cerro aun quedaban algunos trabajadores, e incluso maquinaria operando a pesar de la hora avanzada.

Hacia allí se dirigieron cuatro hombres llevando uno de los bultos, mientras que otro grupo se dirigía a la parte más elevada, hacia el lugar desde el cual se producía la caía de las aguas del Santa. Había un tercer grupo que en un recodo del cerro fumaba, y extendía hojas de coca, mientras rezaba y pedía permiso al Apu para que les permitiera cerrar con éxito la difícil obra que ejecutaban.

Primero se escuchó que uno de los hombres fue colocado en una zanja y encima de él se vertió mezcla de concreto suficiente para cubrir los cinco metros de profundidad cavados.

Luego de ello, se escuchó el grito desesperado del segundo hombre que era lanzado desde el desfiladero a las caudalosas aguas del rio Santa y luego la corriente arrastró el cuerpo. Era imposible salir librado de esa caída de más de cien metros de altura.

Desiderio contempló en una borrosa escena en la que se mezclaban la entrada de la noche, la distancia, las bruma, el temor y las inseguridades, como al caer el cuerpo la muerte se lanzaba junto a él y lo abrazaba en el aire, justo antes de golpear al agua.

Después todos regresaron en silencio hasta el sitio donde estaban los hombres con las hojas de coca, cigarros, alcohol y caramelos. Conversaron en quechua y lo que Desiderio alcanzó a oír fue la palabra “pagapu”. Luego se emborracharon hasta entrada la oscuridad total.

Braulio Figueroa lo buscó y trató de acompañarlo en su momento de estupefacción. Luego le dijo.

— Mañana mismo nos vamos. Ya no tenemos nada que hacer aquí. Yo quise ayudar para que los ingenieros escuchen a los hombres, pero no sabía que el sacrificio sería de hombres. Pensé que serían animales. Me han mentido…-

Al día siguiente, mucho antes del inicio de la jornada se encaminaron rumbo a Caraz, y de allí atravesarían todo el callejón de Huaylas caminando, acompañándose hasta Huaraz, y nunca más supieron ni preguntaron por la construcción de la hidroeléctrica. Braulio Figueroa se quedó allí y se dedicó a la venta de productos en una pequeña bodega que inició en el barrio de Huarupampa; allí comenzaron a llamarlo por el diminutivo de su segundo nombre, “Juancito”.

No les gustaba las despedidas, además sabían bien que el destino volvería a juntarlos. Entonces en el cruce las avenidas Luzuriaga y Raymondi, solamente se dieron un fuerte abrazo y cada uno siguió su camino, Braulio hacia la plaza de armas y Desiderio rumbo al puente de cal y canto por donde lo llevó zarandeándolo el alud del año 41.

Decidió caminar el largo sendero, a pesar que ya había un camión que dos veces por semana llegaba hasta Cajamarquilla. Quería tener tiempo consigo mismo para poder meditar en el camino y tomar decisiones para su presente y su futuro.

A pesar de tener el brazo izquierdo aun vendado y con cabestrillo, y heridas superficiales en la cabeza, decidió cruzar la escarpada sierra solo con una alforja en el hombre derecho.

Cuando llegó por fin a su casa, después de una semana de caminar sin detenerse, empujó la envejecida puerta y pudo contemplar en su añorado patio, a los perros que no ladraron y solo movieron la cola, a la vieja vaca que se quedó en silencio mirándolo y a las gallinas protegiendo a sus polluelos. Dejó caer la alforja y sintió que era el final de un largo camino, pero que no sería la última vez.

Fin de la decima entrega
Escrito por David Palacios Valverde

Próxima entrega: jueves 18 de marzo de 2021

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